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¿Qué pensaba Espartero de los hombres de estado?

Expresiones de Baldomero Espartero sobre los políticos. Entre ellas las de la sesión de las Cortes constituyentes del 28 de noviembre de 1854.

“Es necesario distinguir entre los verdaderos hombres de Estado y los que no lo son; los más son ratas y vulpéculas que hacen cortejo a algún perro mastín, viejo y diestro en fuerza de años y desengaños.

No señor, lo que hay es, que en fuerza de repetirnos cuando estamos elevados, que somos consumados políticos y eminentes hombres de estado, nos lo hacen creer los mismos bribones y desvergonzados que el día en que caemos no tienen empacho en decirnos: Señor mío, que me he equivocado; me he llevado un chasco, es Vd. un pigmeo en política, en administración, en gobierno y… en todo.”

”La Patria cuenta con vuestros esfuerzos, con vuestras virtudes, con vuestra sabiduría, para que hagáis leyes que afiancen sus derechos y destruyan los abusos que se han introducido en el gobierno del Estado.”

”En cuanto a mi, señores, yo las obedeceré siempre, porque siempre he querido que se cumpla la voluntad nacional, y porque estoy convencido de que sin la obediencia a las leyes, la libertad es imposible.”

Las Constituciones según Espartero

En esta ocasión incluyó textos, entresacados de la documentación que tengo, sobre la opinión de Espartero de la libertad de elección y las Constituciones.

Para algunos todas las constituciones son buenas y dicen que el caso es observarlas, pero yo no estoy conforme con esa generalidad, pues las constituciones, como todo, pueden ser buenas y pueden ser malas.

Las que se fundan en la naturaleza del hombre creado libre por el Hacedor, y le consideran igual ante la ley al que por sus riquezas o por su alcurnia pretende un origen más elevado y aún privilegiado, son buenas.

Las que crean jerarquías políticas son malas, porque faltando a la igualdad, humillan a los hombres, quienes acaso transmiten a su descendencia un puesto político que puramente debe ser personal, si lo merecen, y hasta donde lo merezcan. Dejad a las consideraciones sociales arreglar estos asuntos; pero no mezcléis la autoridad de la ley ni su fuerza en ellos.

Yo respeto al virtuoso, porque me edifica; al sabio, porque me aconseja; al rico, porque necesito de su bondad y de sus auxilios; al ilustre porque me recuerda la tradición de hechos heroicos y me enseña el camino el honor y de la gloria; y para esto no necesito más que la benevolencia que me inculcaron mis padres y mis maestros con sus palabras y con sus ejemplos. No quiero que me lo impongan los legisladores políticos, porque le quitan el mérito y me ofenden. También debo respetar al anciano, porque me re recuerda que yo lo seré necesariamente, y también al pobre, porque me advierte que yo podré llegar a serlo, cuando él mejore de fortuna.

Los llamados derechos políticos no son otra cosa que ejercicios de la libertad y facultad humanas concedidos al hombre; y el quitárselos, es un atentado, porque los tiene por Dios y la naturaleza. Así es que el derecho electoral restringido a clases determinadas, y sujeto a la cuantía de la materia imponible para contribuir al Erario o a una cantidad fija de contribución, es además una injusticia altamente irrisoria en un país gobernado constitucionalmente. Por eso los mismos reyes absolutos, entre nosotros, no privaron del sufragio al vecino, por solo el hecho de ser hombre interesado en la conservación de la sociedad, en todo lo que se refería al gobierno del municipio, ya que entonces no hubiere otras elecciones populares y políticas; y eso era, porque conocían que el que tiene poco, lo estima tanto como el que tiene mucho, y si caso más.

Las constituciones y los derechos políticos en ellas y en las leyes que de ellas emanan, se fijan, parten de un mismo origen: de la naturaleza del hombre, de su estudio, de sus medios, de sus facultades, de sus fines. Por eso se deben dictar mirando al cielo, así como cuando se sancionan contra la arbitrariedad del que manda, se debe mirar a la tierra, porque ese abusa más fácilmente del poder cuanto más se habitúa el hombre a mirarlo como un derecho, cuando no es más que una concesión.

 

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El General Espartero (breve reseña sobre su vida)

Joaquín Baldomero Fernández – Espartero y Álvarez de Toro, nació en Granátula de Calatrava el 27 de febrero de 1793, hijo del matrimonio formado por Manuel Antonio Fernández – Espartero y Cañadas y JosefaVicenta Álvarez de Toro y Molina. El padre poseía un taller de carretería que había pertenecido a sus antepasados desde hacía varias generaciones y también tierras de labranza por lo que estaba considerado como un ciudadano si no hacendado al menos acomodado.El joven Joaquín Baldomero, preparado por el preceptor de gramática de Granátula, D. Antonio Meoro, amigo de su padre, ingresó en la Universidad de Almagro donde cursó estudios durante tres años, obteniendo el título de Bachiller en Artes y Filosofía, el 23 de junio de 1807. Unos días después, el 5 de julio de dicho año se cierran las universidades por orden de Carlos IV y al año siguiente, mayo 1808, estalla la guerra de la Independencia.

Participó en dicha guerra, al ser reclutado como la mayoría de la juventud manchega, ya que había que formar un Cuerpo de Ejército de 20.000 hombres, según las instrucciones de la Junta Central del Reino, para oponerse al paso de las tropas francesas aquí en La Mancha y detener su avance hacia Andalucía. Fue alistado en el Regimiento de Ciudad Real como «soldado distinguido», es decir exento de servicios mecánicos por su calidad de estudiante.

La primera acción bélica en la que participó fue en la batalla de Ocaña, desastrosa para las armas españolas. Tras este fracaso, al reorganizarse nuestras tropas se alista en el Batallón de Honor de la Universidad de Toledo, formado exclusivamente por estudiantes universitarios; pasando de aquí a la Academia Militar de la Isla de León (Cádiz), de donde salió con la graduación de Subteniente.

Terminada la guerra de la Independencia se alista en la expedición que al mando del General Morillo, se destina a apaciguar nuestros territorios de América, que deseaban la independencia de España, para lo cual ingresa en el Regimiento de Extremadura con el grado de Teniente (2-12-1814), partiendo de Cádiz el 1-2-1815.

En América, a donde llega a primeros de abril de 1815 es donde empieza a destacar entre sus compañeros, pues fruto de sus estudios en la Academia de Ingenieros será la construcción de reductos, trincheras, levantamiento de planos topográficos, etc. de máxima utilidad para el desarrollo de las operaciones militares. A sus estudios universitarios deberá su cultura para desenvolverse con soltura entre compañeros, subordinados y superiores. Cualidades a las que hay que añadir su valentía y arrojo personal en los innumerables combates contra los insurrectos; lo que le hace ir ascendiendo profesionalmente y siempre por méritos de guerra, llegando a Brigadier y el 11 de octubre de 1823 se le nombra Jefe del Estado Mayor del Ejército de Perú, a los 30 años de edad.

En mayo de 1824 es tal el prestigio alcanzado por el brigadier Espartero que el virrey La Serna no duda en encomendarle la misión de ir a España a exponer de palabra al rey Fernando VII y su Gobierno cuanto allí estaba sucediendo. Cumplida esta misión en España, embarca de nuevo el 9 de diciembre de 1824, en el puerto francés de Burdeos con rumbo a América, siendo ese día el de la batalla de Ayacucho, por la que se perdió el virreinato del Perú para España; sin que Espartero participara en tal batalla como se le ha querido atribuir.

En mayo de 1825 desembarca en el puerto de Quilca, desconociendo la derrota de las tropas españolas, siendo hecho Prisionero de los seguidores de Bolívar, siendo tratado con una inhumanidad de las que no hay ejemplo, pudiendo salvarse del fusilamiento y de la prisión gracias a la intervención de una dama «muy allegada a Bolívar» a la que recurrieron sus compañeros de armas y en especial el abogado español Sr. González Olañeta, a la sazón en el Perú. Recuperada su libertad emprendió el regreso a España desembarcando nuevamente en Burdeos y una vez en nuestra patria fue destinado de cuartel a Pamplona donde conoció a la señorita Jacinta Martínez de Sicilia y Santa Cruz con la que contrajo matrimonio el 13 de septiembre, de 1827.

Tras breves destinos en Barcelona y Mallorca vuelve a la península para participar en la guerra carlista, donde continuará los ascensos, siempre por méritos de guerra; así como los títulos nobiliarios (Vizconde de Banderas, Conde de Luchana, Duque de la Victoria,Duque de Moreli) con que le honra la Reina-Regente y también el mando supremo del ejército isabelino, que a partir de ese momento va de victoria en victoria, llegando al Convenio de Vergara con el que se pone un fin honroso a la guerra civil, pues el ejército carlista desde las acciones de Ramales y Guardamino se veía ya totalmente derrotado.

Si el levantamiento del cerco de Bilbao, la Nochebuena del año 1836, le dio fama a Espartero, la feliz terminación de la guerra con el «abrazo de Vergara» en el que ambos ejércitos se abrazaron, de la misma forma que lo hicieron sus respectivos jefes Espartero y Maroto, elevó al jefe del Ejército isabelino a la apoteosis internacional, dando al mundo una lección de hidalguía y caballerosidad que no ha tenido imitación todavía, pues en el Convenio se estipulaba que todos aquellos oficiales y jefes carlistas que reconocierana Isabel II como Reina de España, se integrarían en el ejército con igual graduación y sin discriminación.

Terminada la guerra carlista la reina regente María Cristina de Borbón, madre de Isabel II, cuya vida privada no era todo lo ejemplar que debiera, siendo consentida y ocultada por el partido moderado para mantenerse en el gobierno de la nación, llegó un momento en el que dicha vida privada salió a la calle como represalia por la firma de la Ley de Ayuntamientos por la reina regente, desoyendo el consejo de Espartero que ante la impopularidad de dicha Ley le había suplicado que no la firmara. Se sublevaron las principales ciudades de España y ante tales sucesos María Cristina se vio obligada a renunciar a la Regencia antes que pasar por la vergüenza de quese debatiera en el Congreso su verdadero estado civil (viuda, casada,…)ante los reiterados estados de gestación y alumbramiento, ya que para ser Regente debía permanecer viuda.

Tras esta renuncia de María Cristina, se reunieron las Cortes del Reino, eligiendo Regente al general Espartero, por ser considerado el español con más méritos para ello. Pero las intrigas políticas y envidias personales no cesaron hasta derribarle de la Regencia, sin que ésta llegara a su término legal, teniendo que expatriarse a Inglaterra donde fue acogido generosamente y agasajado con arreglo a su rango, incluso por la propia reina Victoria.

Cinco años duró el exilio de Espartero en Londres, durante los cuales no faltó quién intrigara, avisando algeneral Narváez (el más encarnizado enemigo de Espartero) a la sazón Jefe del Gobierno, de que Espartero pensaba desembarcar en la península para provocar una sublevación; por lo que Narváez dio una orden secreta en la que disponía, que si llegaba a suceder tal desembarco Espartero fuera hecho prisionero y fusilado «sin mediar más tiempo que el necesario para identificarlo». El tiempo se encargó de demostrar que tal aviso o comunicado habíasido falso, por lo que Narváez recapacitó e invitó a Espartero a regresar a España rehabilitándolo en todos sus grados y honores. Retirose a Logroño, a donde Narváez le envió un emisario anunciándole que iba a proponerle a la reina Isabel II que le concediera el título de Príncipe, como acto de desagravio a su persona, lo que Espartero rechazó de plano.

En 1854, la sublevación del general O’Donell hizo que la reina Isabel II llamara a Espartero, quien trató de solucionar pacíficamente tal situación formando un Gobierno presidido por él e incluyendo a O’Donell como ministro de la Guerra. Gobierno que duró dos años (Bienio Progresista) debido a las intrigas de O’Donell, que desplazó a Espartero para ocupar él su puesto. Al despedirse Espartero de la Reina le dijo: «Cuando la revolución vuelva a llamar a las puertas de este palacio no vuelva Vuestra Majestad a acordarse de mi persona». Tras este desengaño político e ingratitud por parte de la Reina, Espartero se retiró definitivamente a Logroño.

La revolución llegó en septiembre de 1868, pero en esta ocasión alcanzó a la Reina, siendo destronada Isabel II, que tuvo que emprender el camino del exilio. Espartero que desde su retiro de Logroño contempló estos acontecimientos con gran pena y dolor, ya que una gran parte de su vida la había dedicado a defender los derechos de la reina niña y a afianzarla en el trono de sus mayores, vio que todos sus esfuerzos e ilusiones habían resultado inútiles.

Reunidas las Cortes Constituyentes, trataron de elegir un nuevo Monarca que no perteneciera a la familia Borbón y una gran parte del pueblo español pensó en Espartero, hasta tal punto que el general Prim, Presidente del Gobierno, le dirigió una carta ofreciéndole la Corona de España, que Espartero muy dignamente rehusó.

Después la Corona Española fue aceptada por D. Amadeo de Saboya, quien deseoso de conocer a tan egregio personaje le visita enLogroño, concediéndole el título de Príncipe de Vergara. Tras el efímero reinado de este Monarca, es proclamada la I República, cuyos cuatro Presidentes siguen rindiendo pleitesía al viejo Caudillo; y por si no fuera suficiente el joven rey Alfonso XII al recuperar el Trono de su Madre, desea también conocer al Pacificador de España, visitándolo en Logroño.

De igual forma había ido desfilando por la capital riojana la mayor parte de sus enemigos y correligionarios políticos (que en más de una ocasión le volvieron la espalda) para entonar el «mea culpa» ante el sin par hijo del carretero de Granátula, quien admirado y respetado por todos los españoles, se extinguió tras una larga y azarosa vida el día 8 de enero de 1879 a los 86 años de edad.