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La época de Baldomero Espartero: La epopeya carlista

Para enmarcar la época en la que vivió Espartero voy a dejar una serie de videos de la historia de aquella época, empezando por la época revolucionaria que vendría de la mano de Francia y Bonaparte, hasta la restauración de los borbones.

Interesante vídeo de la UNED de la historia desde la muerte de Fernando VII,  las guerras carlistas y el reinado de Isabel II. Vaya por delante que no estoy de acuerdo en todo lo que se dice, se presenta a los carlistas muy «románticos» cosa que no tuvieron, y a Maroto como traidor, cosa que no fue, al revés le traicionaron a él.

De cómo resumiría su vida D. Joaquín Baldomero Fernández-Espartero y Álvarez de Toro

Muchos de vosotros habéis leído mi libro sobre El General Espartero. Os dejo lo que fue la primera idea que me llevó a escribirla: Cómo describiría Joaquín Baldomero, su vida en un rápido resumen.

Me bautizaron Joaquín y apellidaron Baldomero-Espartero Álvarez de Toro. Mi madre se puso de parto un 27 de febrero de 1793 en Granátula de Calatrava, Cuidad Real y fue allí precisamente donde el destino me brindó una feliz infancia entre mis nueve hermanos.

Desde el principio, mi padre un simple carpintero de carretas, procuró que mis pasos se dirigiesen hacia los de un futuro hombre de iglesia. Tres de mis hermanos y una hermana ya lo eran pero yo no sentí esa vocación y por respeto no sabía muy bien como hacérselo saber son herirle. ¡Quien diría por aquel entonces que la invasión francesa me serviría de excusa para distraer sus proyectos!

Estudiaba artes y filosofía en la Universidad de nuestra Señora del Rosario de Almagro cuando nos invadieron los gabachos y me alisté en el regimiento de infantería de Ciudad Rodrigo junto a otros jóvenes para luchar contra ellos. Participé en la batalla de Ocaña, el asedio a Toledo y terminé en Cádiz como coronel de artillería. Si algo de bueno tenía la guerra era que nos permitía ascender vertiginosamente en el escalafón. Estuve destinado en Chiclana, Tortosa, Cherta y Amposta.

A partir de mi primer disparo, se podría decir que casi pasé un cuarto de siglo adherido a mi arma. Una vez expulsados los franceses y a punto de cumplir los 22 años acudí a la guerra de las colonias en el Perú a bordo de ‘La Carlota’ como oficial. En América pasé nueve años de mi vida y solo cuando regresé decidí encauzar mi vida hacia otros derroteros matrimoniando con Jacinta Martínez de Sicilia. Ella era una joven heredera que vivía en Logroño y me trasladé allí a vivir pues su dote al fin me brindaría la posibilidad de invertir en cosas a las que mi salario de militar nunca llegaría.

Participé en la primera guerra Carlista como general de las tropas Isabelinas y en contra del tío de la reina Isabel, el hermano del difunto Fernando VII pues el infante Don Carlos María Isidro que se quería hacer con la corona alegando su mejor derecho al trono como varón que era.  Mis triunfos en esta contienda contra los Carlistas, sobre todo a mi paso por Bilbao, Durango, Guernica y Villafranca me fueron recompensados con varias mercedes; entre ellas dos cruces laureadas de San Fernando, la gran cruz de Carlos III y la más grande de las condecoraciones, el Toisón de Oro.

Ser nombrado diputado en Cortes por Logroño en mis primeros pasos como político no fue nada con lo que me esperaba ya que pasado un tiempo sería agraciado con los títulos de Príncipe de Vergara y dos veces más grande de España con los ducados de la Victoria y Morella. El condado de Luchana y el vizcondado de Banderas quedarían en la retaguardia de mis múltiples nombres para que a mi muerte pudiese también honrar a los más pequeños de aquella prole que esperaba tener aunque ya por aquel entonces se hacía esperar demasiado.

Se que algún desgraciado envidioso osó comparar mis ascensos y lealtad para con la reina con los del defenestrado Godoy pero a mi aquello me resbalaba ya que aquel hundió a España en la miseria mientras que este servidor únicamente trabajaba para enaltecerla.

Las ideas liberalistas que calaron en mí desde la primera vez que las escuché cuando estuve en Cádiz mientras elaboraban la primera Constitución Española apodada por todos como ‘La Pepa’ se hacían cada vez más palpables en mi criterio político. Por ellas precisamente me exigía a mí mismo tanto o más de lo que cualquiera hubiese esperado de mí y sé que mis subordinados sufrían mis demandas con cierta reticencia, pero estaba claro que nada se lograría sin tesón, esfuerzo y suma eficacia. Las ocho veces que me hirieron en el campo de batalla apenas me pesaron sabiendo que serviría como ejemplo a la disciplina militar de mis oficiales.

Cuando fui nombrado presidente del Consejo de Ministros en 1840 tuve que dimitir por no encontrar el apoyo suficiente a mis propósitos pero vengado quedó mi desaliento cuando la mismísima reina regente, María Cristina; después del motín de la Granja de San Ildefonso y el alzamiento de otras grandes ciudades en su contra se exilió a Francia dejando en mis manos la regencia de la corona de España y de la mismísima reina niña en su minoría de edad.

Los 169 votos de las Cortes a favor de mi regencia contra los 103 que mi opositor  Agustín Argüelles por fin me dieron la victoria absoluta en 1841. Mi dura política fiscal y mi autoritaria de gobernar no gustó y los alzamientos se sucedieron hasta que nos vimos obligados a bombardear Barcelona causando más víctimas de las deseadas. Muchos de mis asesores me advirtieron entonces de las consecuencias que aquello me podría acarrear pero muy a mi pesar no encontré otra solución para salvar a España de la debacle en la que estaba sumida.

Fue tal la presión a la que estuve sometido que al final por no causar más derramamiento de sangre, me vi obligado a disolver las cortes en 1843 y voluntariamente exiliarme en Inglaterra. Cuando cuatro años después la reina Isabel me nombró senador y embajador plenipotenciario de la Gran Bretaña, supe que el tiempo de reconciliación no estaba lejano y que muy pronto regresaría con el reconocimiento debido. A la espera de ello, los ingleses me agasajaron de mil y una maneras a pesar de que mi voluntad no era otra que vivir en el exilio austeramente.

Cuando al fin regresé decidí pasar lo mas inadvertido posible en mi casa de Logroño. Solo asistí al bienio progresista como ministro junto a mi antiguo y querido amigo el general O, Donnell.

Pasados aquellos convulsos años y cuando en 1868 la reina Isabel II fue destronada, Prim y Pascual llegaron a ofrecerme la corona de España pero la rechacé. Cumplidos los ochenta, ya no me sentía con fuerzas para luchar por mi patria como antaño y al plantearme estos la duda de a quien nombrar Rey de entre varios candidatos, esta fue mi respuesta:
«Díganles de mi parte que la abandonen por completo y que alarguen el paso en el camino de la constitución monárquica del país. Que desistan de traer al solio español a ningún príncipe extranjero porque eso sería prolongar la peligrosa interinidad en que vivimos…»

El elegido finalmente fue Amadeo de Saboya que apenas fue coronado vino a visitarme en Logroño. Le recibí con prevención pero al conocerle bien después de los dos días que estuvo alojado en mi propia casa pensé que podría ser un buen Rey de España. S. M. agradecido por los mil y un consejos que le di en cuanto regresó a Madrid me otorgó el tratamiento de Alteza Real y Príncipe de la Vergara.

No sería el último gobernante de una ideología u otra que llegué a conocer ya que expulsado el anterior y durante la primera república vino a visitarme Estanislao Figueras y a posteriori restaurada la monarquía de nuevo le seguiría el Rey Alfonso XII. A este último por mi avanzada vejez, no pude ir a recibirlo a la estación como me hubiese gustado.  Viví mis últimos años tranquilo y acompañado por mis amigos y vecinos hasta que murió Jacinta mi mujer. La soledad me invadió al no haber querido Dios concedernos la concepción de un solo hijo y sería mi sobrina Eladia la que me atendería los últimos meses de mi vida por lo que en agradecimiento le dejé mi fortuna.

Contando la Vicalvarada de otra forma

Después de que Espartero tuviera que exiliarse para no forzar una guerra civil nuevamente en España, la vuelta de María Cristina con su hija Isabel II, había supuesto la vuelta de los negocios algo más que turbios, aunque no era, ni mucho menos, la única y sino pregunten por los negocios de Serrano y Salamanca por ejemplo. La viuda de Fernando VII, en su nuevo matrimonio morganático con Fernando Muñoz (el que le prestó un pañuelo después de sangrar por la nariz al recibir un golpe en el carruaje a María Cristina y quien respondió a la galantería teniendo hijos con él incluso cuando era regente y debía permanecer viuda para serlo), jugaba a la Bolsa con información privilegiada y cobraba comisiones por las concesiones del ferrocarril y otras obras públicas.

España estaba en los albores de la revolución industrial, y el nombre de María Cristina era, en aquel tiempo, sinónimo de tráfico de influencias, de información privilegiada, de cobro de comisiones de todo tipo y más en los contratos de abastecimiento a las tropas y al Estado.

Alcanzo tanta impopularidad que el palacio de las Rejas, que se llamaba así porque estaba justo en la esquina de esta calle (ahora se llama Plaza de la Marina Española, muy cerca del Senado), que era donde vivía, desde donde intrigaba y hacía las corruptelas en el que ella residía, fue atacado el 17 de julio de 1854. La Revolución de 1854, conocida como la Vilcalvarada, iniciada por Leopoldo O’Donnell en el pueblo que le da nombre al ser el sitio donde se enfrentaron las tropas, estalló y una multitud asaltó el palacio de María Cristina, barriendo con todo lo que encontraron a su paso. Cánovas del Castillo redactó entonces un manifiesto en el que pidió que el trono perviviera, «pero sin camarilla que lo deshonre».

María Cristina huyó al palacio de Oriente. Isabel II  estaba al borde de su caída. Para evitarlo llamó al General Espartero, quien estaba retirado en Logroño, y quien fue a regañadientes. La reina no es que fuera fan del militar y más cuando le advirtió que el podía apaciguar las calles pero previamente ella debía arreglar sus asuntos privados.

Isabel se había casado con su primo D. Francisco de Asís de Borbón, quién nunca le daría hijos por dos motivos: el problema de hipospadias que lo hacía imposible en aquella época y porque realmente lo que compartían entre los dos eran los amantes. La reina Isabel II lo sorteo con una retahíla de mancebos, y pagando un millón de reales a su marido por el reconocimiento de los hijos que fueron naciendo.

D. Baldomero Espartero aceptó entrar en Madrid el 28 de julio para limpiar los salones del poder de los mangantes más notorios, y con tres condiciones: Cortes Constituyentes para elaborar una real parecida a La Pepa, que se juzgase a María Cristina por malversación y que se hiciera un manifiesto reconociendo los errores. María Cristina partió para Francia.

Desde el primer momento Espartero sabía que a la menor oportunidad no le dejarían gobernar, que sus leyes no serían sancionadas, y en particular las que se encontrasen con los intereses de O’Donnell como en el caso, así lo afirmaron los informes británicos indicando que Leopoldo había acumulado un gran capital dejándose sobornar por los negreros a razón de tres onzas de oro por negro boca introducido a través del comercio clandestino. Espartero estuvo en lo cierto, sólo le llamaron por su prestigio con el pueblo, para calmar las calles, siendo desde el principio el objetivo que O’Donnell fuera el que controlase todo. Baldomero dimitió y dijo a la reina Isabel «Cuando la revolución vuelva a llamar a su puerta, no se acuerde de mi persona».

La llegada de Espartero supuso el exilio definitivo de María Cristina, quien ya había tenido que abandonar España unos años antes. Ocurrió en 1840, cuando siendo oficialmente la reina regente (Isabel era una niña) se desplazó a Barcelona «con el pretexto de tomar las aguas de Caldas, y para ello llevaba dentro de su Comitiva a la Duquesa de la Victoria, la mujer de Espartero, Dª Jacinta. Su verdadero propósito era entrevistarse con Baldomero, reciente vencedor de la Primera Guerra Carlista, tratando de hacerle partícipe de la importancia de la Ley de Ayuntamientos, retirando las competencias que durante la contienda; pero los liberales se oponían y el país estaba a las puertas de un enfrentamiento político.

La Reina Regente espetó a Baldomero que como militar aceptaba sus consejos pero no en el plano político cuando este le dijo que no sancionase la Ley. A cambió recibió la orden de apaciguar la revuelta poniéndose al frente de las tropas cosa que no hizo, presentando la dimensión y renuncia a todos sus cargos y títulos. La reina firmó por despecho la Ley haciendo oídos sordos a la solicitud de Baldomero y más después de la calurosa acogida que el pueblo de Barcelona le había dispensado al General.

La gente aclamó a Espartero a la vez que amenazó de muerte a María Cristina y a sus ministros. A esta no le quedó más remedio que pedir ayuda al general, quién puso la condición de que retirase la ley municipal. Al final se levantó Madrid donde hubo hasta muertos. Espartero fue llamado a formar un nuevo gabinete, pero la crisis no se cerró.  Espartero solicitó, dicen que de rodillas -yo no lo creo- cuando María Cristina le comunicó su renuncia que no lo hiciera, apelando a sus dos hijas. La respuesta fue «Me voy tranquila pues las dejo contigo».

María Cristina recogió todo lo que estuvo a su alcance: dinero, joyas, plata, oro, vamos que dicen que no dejó ni seis cucharas en palacio y se llevó hasta las sábanas. Y ya en Francia se dispuso a arreglar su matrimonio morganático y las relaciones con el Papa, y así viajó a Roma para pedir al papa Gregorio XVI perdón, renegando de las leyes que había firmado contra la iglesia. Los muñoces, como se conocieron a los hijos de ambos, pasaron a ser reconocidos, y a disfrutar de la fortuna que habían sustraído a los españoles.