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La época de Baldomero Espartero: La epopeya carlista

Para enmarcar la época en la que vivió Espartero voy a dejar una serie de videos de la historia de aquella época, empezando por la época revolucionaria que vendría de la mano de Francia y Bonaparte, hasta la restauración de los borbones.

Interesante vídeo de la UNED de la historia desde la muerte de Fernando VII,  las guerras carlistas y el reinado de Isabel II. Vaya por delante que no estoy de acuerdo en todo lo que se dice, se presenta a los carlistas muy «románticos» cosa que no tuvieron, y a Maroto como traidor, cosa que no fue, al revés le traicionaron a él.

De cómo resumiría su vida D. Joaquín Baldomero Fernández-Espartero y Álvarez de Toro

Muchos de vosotros habéis leído mi libro sobre El General Espartero. Os dejo lo que fue la primera idea que me llevó a escribirla: Cómo describiría Joaquín Baldomero, su vida en un rápido resumen.

Me bautizaron Joaquín y apellidaron Baldomero-Espartero Álvarez de Toro. Mi madre se puso de parto un 27 de febrero de 1793 en Granátula de Calatrava, Cuidad Real y fue allí precisamente donde el destino me brindó una feliz infancia entre mis nueve hermanos.

Desde el principio, mi padre un simple carpintero de carretas, procuró que mis pasos se dirigiesen hacia los de un futuro hombre de iglesia. Tres de mis hermanos y una hermana ya lo eran pero yo no sentí esa vocación y por respeto no sabía muy bien como hacérselo saber son herirle. ¡Quien diría por aquel entonces que la invasión francesa me serviría de excusa para distraer sus proyectos!

Estudiaba artes y filosofía en la Universidad de nuestra Señora del Rosario de Almagro cuando nos invadieron los gabachos y me alisté en el regimiento de infantería de Ciudad Rodrigo junto a otros jóvenes para luchar contra ellos. Participé en la batalla de Ocaña, el asedio a Toledo y terminé en Cádiz como coronel de artillería. Si algo de bueno tenía la guerra era que nos permitía ascender vertiginosamente en el escalafón. Estuve destinado en Chiclana, Tortosa, Cherta y Amposta.

A partir de mi primer disparo, se podría decir que casi pasé un cuarto de siglo adherido a mi arma. Una vez expulsados los franceses y a punto de cumplir los 22 años acudí a la guerra de las colonias en el Perú a bordo de ‘La Carlota’ como oficial. En América pasé nueve años de mi vida y solo cuando regresé decidí encauzar mi vida hacia otros derroteros matrimoniando con Jacinta Martínez de Sicilia. Ella era una joven heredera que vivía en Logroño y me trasladé allí a vivir pues su dote al fin me brindaría la posibilidad de invertir en cosas a las que mi salario de militar nunca llegaría.

Participé en la primera guerra Carlista como general de las tropas Isabelinas y en contra del tío de la reina Isabel, el hermano del difunto Fernando VII pues el infante Don Carlos María Isidro que se quería hacer con la corona alegando su mejor derecho al trono como varón que era.  Mis triunfos en esta contienda contra los Carlistas, sobre todo a mi paso por Bilbao, Durango, Guernica y Villafranca me fueron recompensados con varias mercedes; entre ellas dos cruces laureadas de San Fernando, la gran cruz de Carlos III y la más grande de las condecoraciones, el Toisón de Oro.

Ser nombrado diputado en Cortes por Logroño en mis primeros pasos como político no fue nada con lo que me esperaba ya que pasado un tiempo sería agraciado con los títulos de Príncipe de Vergara y dos veces más grande de España con los ducados de la Victoria y Morella. El condado de Luchana y el vizcondado de Banderas quedarían en la retaguardia de mis múltiples nombres para que a mi muerte pudiese también honrar a los más pequeños de aquella prole que esperaba tener aunque ya por aquel entonces se hacía esperar demasiado.

Se que algún desgraciado envidioso osó comparar mis ascensos y lealtad para con la reina con los del defenestrado Godoy pero a mi aquello me resbalaba ya que aquel hundió a España en la miseria mientras que este servidor únicamente trabajaba para enaltecerla.

Las ideas liberalistas que calaron en mí desde la primera vez que las escuché cuando estuve en Cádiz mientras elaboraban la primera Constitución Española apodada por todos como ‘La Pepa’ se hacían cada vez más palpables en mi criterio político. Por ellas precisamente me exigía a mí mismo tanto o más de lo que cualquiera hubiese esperado de mí y sé que mis subordinados sufrían mis demandas con cierta reticencia, pero estaba claro que nada se lograría sin tesón, esfuerzo y suma eficacia. Las ocho veces que me hirieron en el campo de batalla apenas me pesaron sabiendo que serviría como ejemplo a la disciplina militar de mis oficiales.

Cuando fui nombrado presidente del Consejo de Ministros en 1840 tuve que dimitir por no encontrar el apoyo suficiente a mis propósitos pero vengado quedó mi desaliento cuando la mismísima reina regente, María Cristina; después del motín de la Granja de San Ildefonso y el alzamiento de otras grandes ciudades en su contra se exilió a Francia dejando en mis manos la regencia de la corona de España y de la mismísima reina niña en su minoría de edad.

Los 169 votos de las Cortes a favor de mi regencia contra los 103 que mi opositor  Agustín Argüelles por fin me dieron la victoria absoluta en 1841. Mi dura política fiscal y mi autoritaria de gobernar no gustó y los alzamientos se sucedieron hasta que nos vimos obligados a bombardear Barcelona causando más víctimas de las deseadas. Muchos de mis asesores me advirtieron entonces de las consecuencias que aquello me podría acarrear pero muy a mi pesar no encontré otra solución para salvar a España de la debacle en la que estaba sumida.

Fue tal la presión a la que estuve sometido que al final por no causar más derramamiento de sangre, me vi obligado a disolver las cortes en 1843 y voluntariamente exiliarme en Inglaterra. Cuando cuatro años después la reina Isabel me nombró senador y embajador plenipotenciario de la Gran Bretaña, supe que el tiempo de reconciliación no estaba lejano y que muy pronto regresaría con el reconocimiento debido. A la espera de ello, los ingleses me agasajaron de mil y una maneras a pesar de que mi voluntad no era otra que vivir en el exilio austeramente.

Cuando al fin regresé decidí pasar lo mas inadvertido posible en mi casa de Logroño. Solo asistí al bienio progresista como ministro junto a mi antiguo y querido amigo el general O, Donnell.

Pasados aquellos convulsos años y cuando en 1868 la reina Isabel II fue destronada, Prim y Pascual llegaron a ofrecerme la corona de España pero la rechacé. Cumplidos los ochenta, ya no me sentía con fuerzas para luchar por mi patria como antaño y al plantearme estos la duda de a quien nombrar Rey de entre varios candidatos, esta fue mi respuesta:
«Díganles de mi parte que la abandonen por completo y que alarguen el paso en el camino de la constitución monárquica del país. Que desistan de traer al solio español a ningún príncipe extranjero porque eso sería prolongar la peligrosa interinidad en que vivimos…»

El elegido finalmente fue Amadeo de Saboya que apenas fue coronado vino a visitarme en Logroño. Le recibí con prevención pero al conocerle bien después de los dos días que estuvo alojado en mi propia casa pensé que podría ser un buen Rey de España. S. M. agradecido por los mil y un consejos que le di en cuanto regresó a Madrid me otorgó el tratamiento de Alteza Real y Príncipe de la Vergara.

No sería el último gobernante de una ideología u otra que llegué a conocer ya que expulsado el anterior y durante la primera república vino a visitarme Estanislao Figueras y a posteriori restaurada la monarquía de nuevo le seguiría el Rey Alfonso XII. A este último por mi avanzada vejez, no pude ir a recibirlo a la estación como me hubiese gustado.  Viví mis últimos años tranquilo y acompañado por mis amigos y vecinos hasta que murió Jacinta mi mujer. La soledad me invadió al no haber querido Dios concedernos la concepción de un solo hijo y sería mi sobrina Eladia la que me atendería los últimos meses de mi vida por lo que en agradecimiento le dejé mi fortuna.

La Vicalvarada, una revolución en la que incluyeron a Baldomero Espartero «sin comerlo ni beberlo»

El partido moderado llevaba gobernando diez años y se encontraba con un desgaste, propio del período de mandato y también por el liderazgo hasta entonces de Narváez. Dentro del partido moderado empezaron a «apuñalarse entre ellos».

Los progresistas vieron en las luchas entre los partidos moderados una forma de volver al poder. El partido demócrata, partido que se había escindido del progresista, hizo reivindicaciones revolucionarias tales como fueron el destronamiento de Isabel II, proclamación de la república y la unión de la península ibérica, España con Portugal. Me permito decir que la primera demanda jamás hubiera sido firmada por Espartero, por muy progresista que fuera su partido.

A todo esto había un profundo descontento en el ejército, quizás mejor dicho entre buena parte de los generales, también estaban en contra. Había un sordo descontento, entre otras cosas, por los nombramientos que hubo y el recorte del presupuesto realizado por Bravo Murillo.

En este caldo de cultivo, el 13 de enero de 1854 se presentó a la Reina una exposición, titulada «El Partido Liberal de España a la Reina constitucional». Este manifiesto estaba firmado por profesionales, propietarios y diputados. En el se presentaban quejas contra la política realizada de cierre y apertura arbitraría de las cortes, la inestabilidad de los gobiernos, el cierre de los periódicos y ataque a la libertad de prensa, la ineficacia de las cortes que no realizada su labor legislativa,  la retirada del proyecto del ferrocarril del senado y la corrupción generalizada. Exigían que los gobiernos respetaran la Constitución y los derechos de los españoles.

Hubo una revuelta fallida, que solo funcionó parcialmente en Zaragoza, que sirvió al gobierno de Sartorius para decretar el estado de sitio. En Barcelona hubo una revuelta obrera en la que se pedía la subida de salarios y la eliminación de las máquinas hiladoras que sustituía el trabajo manual, que fue sofocada con mano dura con la detención de 15 representantes de los trabajadores  que asaltaron una fábrica, siendo fusilados. Esto llevó a una huelga general que en un primer momento fue sofocada por el ejército, con cinco muertos y un centenar de heridos. La llama reivindicativa se enardeció aún más lo que llevó al gobierno a un cambio de la política, liberando a los detenidos y negociando con los obreros, comprometiéndose el Capital General de Cataluña a legalizar las asociaciones obreras.

Este fue el germen que llevó a la revolución en los meses de junio y julio de 1854. Hay quien ha querido ver en esta revuelta la mano progresista y a Espartero, nada más alejado de la realidad. Le revuelta realizada fue pergeñada por propios miembros del partido moderado contra su propio gobierno, siendo cierto que al final la revuelta consiguió aunar a partidos de un lado y otro del espectro político. O’Donnell y Serrano fueron los que iniciaron la Vicalvarada.

Los liberales moderados habían sufrido el desgaste del poder. En aquellos años el líder político era Narváez, persona de ideas fijas e intransigente (ya conocen aquello que dijo en el lecho de muerte a su confesor cuando este le dijo que tenía que perdonar a sus enemigos y este contestó que no tenía que  perdonar a nadie «puesto que los he matado a todos»). Fueron los propios miembros de su partido los que obligaron a Narváez a que se retirara. Las luchas intestinas dentro del partido moderado llevó a una sucesión de gobiernos débiles que caían cada vez con menos tiempo de vida.

Y así es como en 1854, con O’Donnell a la cabeza, proyectan y llevan a cabo una revolución. En Vicálvaro, antes pueblo de Madrid y hoy parte de la capital, se produjo el primer levantamiento, o dicho de otra forma un golpe de Estado, encabezado por el General O’Donnell (no les extrañe el apellido, ers tinerfeño de orígenes irlandeses). Leopoldo, así se llanaba, se creía en el derecho de derrocar gobiernos y expulsar del poder a los que, según su opinión, «abusaban del mismo». Otro gallo le hubiera cantado con Espartero al mando del gobierno, seguramente le hubieran hecho una sucesión de agujeros en su uniforme militar a la orden de disparen dada a un pelotón, tal y como hizo Baldomero con Diego de León después del levantamiento que pretendió apresar a la reina niña, a su hermana y al propio Baldomero. Quizás este fuera uno de los motivos por los que, diferencias de ideas a parte, ni Espartero ni O’Donnell se tragaban personalmente.

En un primer momento la revolución no prendió y O’Donnell se vio forzado a retirarse yendo hacia Andalucía. En este camino. en Manzanares (pueblo a 30 km de Granátula). se encontró con el General Serrano, de quien recibió el apoyo, y a otros miembros del partido Moderado. Se elaboró un manifiesto por en entonces joven Cánovas del Castillo, que fue la base reivindicativa de la Vicalvarada: La eliminación de la camarilla (que rodeaba tanto a los gobernantes como a la Reina Madre María Cristina y su marido Muñoz), el respeto a la Constitución, una nueva Ley Electoral, una Ley de Imprenta y de expresión, rebaja de impuestos, ascensos militares por méritos y antigüedad, autonomía nacional, la vuelta de la milicia nacional y la creación de juntas provinciales. Un texto que a simple vista podría haber sido elaborado por el partido Progresista, y que sin embargo salió del Moderado, ya que el objetivo era movilizar a los Liberales Progresistas sin cuyo apoyo no saldría la revolución.

El Manifiesto surte efecto y se produce el levantamiento de la gente. Las calles de las principales ciudades, Barcelona, Valencia, Madríd, Valladolid y Málaga son tomadas por los amotinados haciéndose con los poderes locales. La revolución se extendería en el mes de julio por todo el país, con cierta violencia y asaltos a los palacetes. Se le fue la mano a O’Donnell y Serrano convirtiéndose la revolución en una auténtica sublevación popular. El 16 de julio dimitió el gobierno de Sartorius, siendo reemplazado por el Ministro de Guerra Fernando Fernández de Córdova. El día 17 hubo un motín en Madrid asaltando las casas de Sartorius, Salamanca, María Cristina, y de Muñoz- El pueblo estaba harto de que se robase a manos llenas (si quieres leer más sobre la motivación de la Vicalvarada puedes leer mi artículo https://donoso.es/?p=1889) y consideraba a estas personas las causantes. El día 18 se incrementaron los manifestantes. Los demócratas entregarían armas a la gente tomando la Plaza Mayor y alrededores, organizando Juntas de Barrio.

Fernández de Córdova intervino y sacó el ejército a la calle, autorizando disparar contra los manifestantes. El 19 de julio fue sustituido Fernández de Cordova como Presidente por el Duque de Rivas volviendo Fernández a su puesto de Ministro de la Guerra. El 20 de  julio se creó la Junta de Salvación de Madrid, presidida por Evaristo San Miguel, intentando ser la voz única de todas las juntas de barrio que se habían creado. Se reunieron con Isabel II para tratar de apaciguar los ánimos nombrando a Evaristo San Miguel Capitán General de Castilla, Ministro de Guerra y de Estado provisional. El 26 de julio Evaristo e Isabel II acordaron nombrar a Espartero jefe de gobierno y a O’Donnell ministro de guerra. El partido moderado y la parte moderada del partido progresista aceptaron dicho acuerdo, pero la facción más de izquierda y el partido demócrata querían un gobierno de coalición.

A todo esto Espartero estaba retirado en Logroño después de volver del exilio. Fuera de la política veía las cosas que sucedían. La Reina Isabel II le hizo saber que le necesitaba a su lado para calmar la revolución, diciéndole “Nunca he olvidado los servicios que has prestado a mi persona y a mi país… Las circunstancias son difíciles… Necesito que vengas y que vengas pronto. Te espero con impaciencia”.

Espartero refunfuñando consigo mismo aceptó, y es que regañaba porque preguntado qué tal estaba en Madrid contestó:

— ¿Qué tal señor Duque?

— Aquí me tienen Vds., casi en prisión —contestó.

— ¿Pues no está V.E. bien?

— No, señores, no debería estar aquí; estoy perdiendo lo que ganaba en Logroño; no debía estar, no debía estar… pero otros ganarán lo que yo pierda. No pude hacerme sordo a las instancias de los amigos y al llamamiento de la Reina.

Espartero desconfió desde el primer momento. En sus adentros sabía que O’Donnell no le dejaría gobernar y que mas pronto que tarde las leyes que propusiera no serían dictadas. Para ver la realidad de la propuesta y antes de aceptar envió al general Allende Salazar para que preguntase a la soberana si aprobaba el programa basado en cortes constituyentes y aceptación de la voluntad nacional, además de trasladarse que con su vida personal podía hacer lo que quisiera, pero debía ser mas cuidadosa manteniéndola de forma privada.

Admitido el programa por la corona, el día 27 salió hacia Madrid, siendo recibido en Madrid el día 29 de julio  como si fuera un día de fiesta; el Ayuntamiento, la Junta, el pueblo entero, salieron a la calle a recibir, entrando en medio de arcos triunfales, flores, palomas y una multitud entusiasmada.

La revolución entró en una nueva fase con O’Donnell dirigiéndola, ya que como pudo comprobarse Espartero iba de acompañante sin por supuesto hacérselo saber. Se trataba de normalizar la revolución consolidando un Gobierno y a la vez detener la actividad de las juntas. Se configuró un Gobierno de concentración que intentó aglutinar a liberales, progresistas y moderados; y a la vez se convocaron cortes constituyentes.

El título de «sin comerlo ni beberlo», quiere expresar que Espartero no inicio la Vicalvarada y no tuvo nada que ver. Si es cierto que en el levantamiento y creación de la Junta en Zaragoza, contó con la presencia de Baldomero, presentándose el 18 de julio. Allí recibió las visitas de los delegados de muchas provincias incluyendo la madrileña. Lo más importante de la Junta es el programa que elaboró, con la idea subyacente en todo el documento de libertad frente a la de orden de los moderados. Antes de partir hacia Zaragoza Espartero dirigió la siguiente proclama a los riojanos: “Me separo de Logroño, mi pueblo adoptivo, porque la patria y su libertad reclaman mi presencia en la invicta Zaragoza. Me llevo el grato recuerdo de siete años en que he sido vuestro conciudadano. Un sólo encargo os dejo: Obedeced a la patriótica junta que ha sido instalada en este día, respectad sus disposiciones y conservad el orden, garantía segura del triunfo«.

Y hasta aquí la Vicalvarada, que dejaría paso al Bienio Progresista, que es «harina de otro costal» y que os contaré en otro artículo y que también podéis leer en mi libro (que podéis conseguir si no lo tenéis aqui):

 

El primer gobierno de la Regencia de Baldomero Espartero

Continuando con la historia del granatuleño más importante, incluyo lo que sucedió durante el primer gobierno de su Regencia.

Un gobierno que empezó de forma difícil. Lo lógico hubiera sido que Argüelles hubiera sido el primer ministro, pero este se negó a pesar de ser el presidente del partido con más representantes, el progresista. Espartero recurrió a un amigo suyo, con quien estuvo en Perú, González González, marqués de Valdeterrazo, lo que hizo que no tuviera el apoyo de un partido político. Su gobierno duró un año, de mayo a mayo de 1841 a 1842.

Durante su gobierno se plantearon medidas racionalizadoras recortando el gasto público, se impulso la desamortización eclesiástica, se suprimieron diezmos y se abolieron los mayorazgos.

Se continuaron con las políticas progresistas de Mendizábal y de Calatrava. Se ampliaron las medidas desamortización, incluyendo las posesiones de las parroquias y los bienes de los cabildos de las catedrales. Reestableció la ley de imprenta. Abolió el régimen foral navarro, si bien mantenían las ventajas fiscales. Se suprimieron las aduanas interiores. Se establecieron juzgados de primera instancia. Sobre las relaciones con Roma os invito a leer mi articulo sobre la Fricción con la Santa Sede, pero «como era posible que el clero tuviera que jurar fidelidad al gobierno».

La ley de libertad del comercio dividió a los españoles en dos bandos: Los proteccionistas (catalanes) y los librecambistas (andaluces y madrileños).

Un montón de medidas que tenían muchos opositores. Espartero estaba impulsando un cambio en España para el que las clases políticas, civiles, religiosas, forales, no estaban dispuestas.

Hubo conspiraciones. Diego de León organizó un pronunciamiento desde el exilio con el apoyo de María Cristina, O’Donnell y apoyo de Martínez de la Rosa. El objetivo era secuestrar a Isabel II y a su hermana, apoderarse de Espartero. María Cristina volvería como Regente. Baldomero Espartero una vez conocida la trama fusiló a los levantados, con Diego de León a la cabeza y abolió los fueros vascos.

No sentó bien en el ejército que se fusilase a quien se levantaba en armas ya que fue la primera vez que se castigaba así a los sublevados. Apelaron a la clemencia de Espartero y a la amistad con Diego de León, incluso la propia reina solicitó a Espartero que le perdonase. Si hay algo que jamás Espartero concebía era la traición.

En cortes hubo una moción de censura contra Baldomero, quien llamó a congreso y senado para consensuar un nuevo presidente de Gobierno, saliendo elegido Rodil.

El levantamiento de Barcelona, de las juntas provinciales llevó a Espartero a declarar el estado de sitio. El bombardeo de Barcelona fue el detonante para la caída del gobierno.

 

Fricción en la Regencia de Baldomero Espartero con la Santa Sede

Como lo prometido es deuda os dejo este artículo sobre las vicisitudes que tuvo Espartero en su Regencia con la Santa Sede. Ya empezó la regencia de forma convulsa, con González González, marqués de Valdeterrazo, conjuntamente con Salustiano Olózaga y Vicente Sancho, intentando formar gobierno, y los propios de la corriente del partido progresistas, aquellos de la regencia trina, se pusieron en contra de las personas para formar gobierno (me recuerda a aquella frase de «al suelo que vienen los míos»), mientras María Cristina movía hilos contra la Regencia. Pero esto será cuestión de verlo en otro capítulo.

Desde la Pepa, cuando Espartero mamó de primera mano las ideas de los liberales de Cádiz, una vez llegado a Regente acomete que la soberanía y poder estuviera en manos del Congreso, de la Reina y del pueblo, y así pone en marcha políticas tendentes a la reducción de la legislación eclesiástica a lo mínimo imprescindible, habida cuenta de que, a principios del siglo XIX, esta institución gozaba de una importante presencia tanto en lo privado como en lo público. Desde la Jefatura del Estado el general Espartero procedió a redefinir las relaciones con la Iglesia que se habían establecido durante el sistema del Estatuto Real de 1834.

En primer lugar, procedió a exiliar a todos los obispos y curas que se resistían a la intromisión del Gobierno en cuestiones eclesiásticas. El Gobierno progresista trató de controlar a la Iglesia, siguiendo la tradición de la Constitución de 1812, pese al artículo 11 de la Constitución de 1837, entonces vigente. También procedió a cerrar el Tribunal de la Rota, puesto que significaba la existencia de una legislación separada de la general del resto de los españoles.

Como consecuencia de todo ello, el papa Gregorio XVI se opuso a todas estas medidas. A raíz de la respuesta del papa, el gobierno de Espartero reaccionó amenazando con separar la Iglesia española de Roma, controlándola, de una forma similar a lo que hizo Enrique VIII de Inglaterra en el siglo XVI. Así pues, el ministro de Justicia, José Alonso, presentó ante las Cortes dos proyectos de ley con fechas del 31 de julio de 1841 y 20 de enero de 1842, por los que se abolía la jurisdicción eclesiástica y se rompían relaciones con la Santa Sede, pero no se llegó a nada, porque no dejaron que Espartero pusiera en marcha estas medidas, cayendo gobiernos, hasta que le hicieron caer de la Regencia y tuvo que exiliarse.

Reproduzco ahora parte de lo que sucedió en aquellos días.

El caso es que fueron muchas las leyes que se reformaron en la época. Una de las más importantes fue sobre vinculaciones y capellanías colectivas sancionadas por el Regente el 19 de agosto de 1841, terminando lo que se había empezado con la Constitución de 1820.

Detrás estaba el espíritu de desarraigar abusos sostenidos hasta entonces, no por la justicia sino por el espíritu de gastadas instituciones, el 2 de septiembre el Regente sancionó la ley que declaraba propiedad del Estado y decretaba la enajenación de todos los bienes del clero secular. A la par reformaba el ejército y por decreto, un poco antes, el 3 de agosto, quedó extinguido el cuerpo de guardias de la Real Persona, reemplazándoles por el de alabarderos totalmente reorganizados.

Muchas fueron las disposiciones que tomó el gobierno en cortes y se consiguió el ahorro en el presupuesto de 1841 se observó un ahorro de doscientos millones de reales. (Personalmente una satisfacción que haya políticos que en lugar de arrasar con impuestos a los ciudadanos -y no se engañen, para ingresar más hay que meter la mano en los bolsillos de la clase media y baja-, se planteen la reforma del gasto público destinándolo a lo prioritario para la sociedad).

Volviendo al tema que nos ocupaba, con fecha 5 de noviembre, D. José Ramírez de Arellano, nuncio apostólico en España, dirigió una comunicación al ministro de Estado con el objeto de que hiciera observar a la Regencia «provisional» que estaba supeditada la administración de justicia por haber suspendido la junta de Madrid a tres jueces del tribunal de Rota, al abreviador y al fiscal que lo era el mismo Sr. de Arellano. Y apoyándose en que el referido tribunal existía desde 1771 por el breve otorgado por Clemente X, siendo por lo tanto sus jueces de nombramiento apostólico y no real, esperaba que se levantase aquella suspensión.

Condolíase de las medidas tomadas por algunas juntas deponiendo de sus destinos a varios ministros del santuario, concluyendo con estas palabras: «No ignora V.E. que se ha tomado un camino intransitable del que los hombres verdaderamente católicos están persuadidos que la Regencia se separará, librando a fieles del cisma en que indefectiblemente se caería si se intentase que se caminase por él; porque los beneficios todos que están conferidos con título perpetuo por medio de la colación que se dio a los agraciados, no pueden ser suspensos sino por sus legítimos obispos y con formación de causa; sin que mientras vivan, no mediando esta, puedan recibir otra misión alguna legítima».

Hubo más dimes y diretes con la Iglesia, como el que sucedió en Málaga con el nombramiento del obispo, y del que el nuncio dijo: «estar encausado mediante la denuncia de ciertas proposiciones emitidas en actos judiciales sospechosos de herejía,…»

Visto lo visto la Regencia hizo un decreto en los siguientes términos (en términos coloquiales le dio un punta pie en semejante parte del nuncio hasta perder el zapato en tal sitio):

Atendiendo a los sólidos fundamentos de la consulta del supremo tribunal de Justicia, del 26 del actual, la Regencia provisional del Reino a nombre y en la menor edad de S. M. la Reina Doña Isabel II, viene a decretar:

  1. Se declara insubsistente, y en caso necesario se revoca, el asentimiento regio para que D. José Ramírez de Arellano despache los negocios de la nunciatura apostólica en estos reinos.
  2. Cesara inmediatamente este sujeto en la vice gerencia, y se declara que aunque hubiese tenido una personalidad legal, no se reconocería en él derecho de oficiar al gobierno en los términos que lo hizo por sus comunicaciones.
  3. Se aprueba en todas sus partes el dictamen del referido tribunal supremo de Justicia en lo relativo a la orden comunicada por el ministerio de Gracia y Justicia en 1º de citado mes, y a lo demás concerniente al asunto del reverendo obispo de Málaga, D. Valentín Ortigosa, con las prevenciones y protestas que propone dicho tribunal.
  4. Se procederá a cerrar la nunciatura y se dispondrá que cese el tribunal de Rota, poniéndole en segura custodia todos sus papeles, archivos y efectos; y recogiéndose los breves de 11 y 14 de marzo de 1839 que conferían ciertas facultades al Ramírez de Arellano, en las cuales cesa, pero sin que por ello se cause perjuicio a los actos ya consumados en favor de terceros.
  5. El tribunal supremo de Justicia, previa la instrucción del oportuno expediente, consultará lo que se le ofrezca y parezca para que ninguno de los negocios pertenecientes al tribual de Rota sufra retraso, ni falten a los españoles las gracias que concedían los muy reverendos nuncios, y por los citados breves Ramírez de Arellano, sin necesidad de acudir a Roma, lo que evacuará el tribunal supremo como lo requiere la urgencia e importancia del asunto.
  6. Se procederá sin dilación a extrañar de estos reinos al D. José Ramírez de Arellano, ocupando y reteniendo sus rentas eclesiásticas, los sueldos y obvenciones que reciba del Estado, y cualquiera otras temporalidades que le correspondan como eclesiástico; pero sin comprender en la ocupación sus bienes propios, patrimoniales o adquiridos por otro título, de cualquiera clase que sean.

Tendreislo entendido, y dispondréis lo necesario a su cumplimiento = El Duque de la Victoria, presidente = Palacio a 29 de diciembre de 1840 = A D. Joaquín María Ferrer.

 

Sobre el juramento de Regente de Baldomero Espartero

Y a la vista de que se están publicando por aquí y por allá algunas cosas sobre Espartero, quiero dejaros en mi página el juramento que hizo Espartero como Regente del Reino ante la minoría de edad de Isabel II. Aprovechando además que acabo de colgar la copia del cuadro que existe sobre este momento en el Museo del Romanticismo, me permito la licencia de poner en negrita algunas frases que me parecen importantes.

Otro día os dejaré los dimes y diretes del gobierno de Espartero y de él como Regente con la Santa Sede, por la declaración de bienes del Estado de los bienes del clero secular y la supresión de la pretensión del nuncio apostólico en España de que la Regencia estuviera supeditada a la administración de justicia por la supresión de tres jueces el tribunal de Rota, que según la iglesia su nombramiento era apostólico y no real.

[Juan Jesús Donoso Azañón]

El 10 de mayo a la una de la tarde fue el día y la hora designada para el solemne juramento que Espartero debía prestar ante la representación nacional. Al presentarse el Duque de la Victoria en el Congreso, D. Agustín Argüelles le exigió el juramento bajo la fórmula siguiente:

«¿Juráis por Dios y por todos los Santos Evangelios que guardaréis y haréis guardar la Constitución de la monarquía española de 1837, y las leyes del reino, no mirando en cuanto hiciereis sino al bien y provecho de la nación, y que seréis fiel a la augusta Reina de las Españas doña Isabel II, entregándola el mando del Reino tan luego como salga de la minoría?»

Entonces, el Duque de la Victoria, puesta la mano sobre el libro de los Evangelios contestó con voz firme y penetrante: «Si, juro; y si en lo que he jurado o parte de ello lo contrario hiciere no debo ser obedecido, antes aquello en que contraviniere sea nulo y de ningún valor«. Un aplauso general y unánimes vítores salieron de todos los ángulos del Congreso. El presidente repuso: «Si así lo hiciereis, Dios os lo premie, sino os lo demande». Cuando el Regente del Reino y los señores senadores y diputados hubieron tomado asiento, el presidente añadió: «Las Cortes han presenciado el juramento que el Regente acaba de prestar a la Constitución de la monarquía española y a las leyes del reino y de fidelidad a la Reina.»

A poco Espartero dirigió a la representación nacional el discurso siguiente:

«Señores Senadores y Diputados:

La vida de todo ciudadano pertenece a su patria. El pueblo español quiere que continúe consagrándole la mía, yo me someto a su voluntad.

Al darme esta nueva muestra de su confianza, me impone nuevamente el deber de conservar sus leyes, la Constitución del Estado y el trono de una niña huérfana, de la segunda Isabel.

Con la confianza y voluntad de los pueblos, con los esfuerzos de los cuerpos colegisladores con los de un ministerio responsable digno de la nación, y con los de todas las autoridades unidos a los míos, la libertad, la independencia, el orden público y la prosperidad nacional estarán al abrigo de los caprichos de la suerte y de la incertidumbre del porvenir. El pueblo español será tan feliz como merece serlo, y yo contento entonces veré llegar mi última hora de mi vida sin inquietud sobre la opinión de las generaciones futuras.

En campaña siempre se me ha visto como el primer soldado del ejército pronto a sacrificar mi vida por la patria. Hoy como primer magistrado jamás perderé de vista que el menosprecio de las leyes y la alteración del orden social, son siempre el resultado de la debilidad y de la incertidumbre de los gobiernos. Señores senadores y diputados, contad siempre conmigo para sostener todos los actos inherentes al gobierno representativo. yo cuento con que los representantes de la nación serán también los consejeros del trono constitucional, en el cual descansan la gloria y la prosperidad de la patria.»

El señor presidente del Congreso contestó:

«Las Cortes han oído el señor Regente del Reino ha expuesto y sometido a su alta consideración, y se complacen en los sentimientos que animan la fidelidad, de amor y de respeto a S.M. la reina doña Isabel II. Asimismo confían en su firme resolución de defender el trono y las libertades patrias, de que son ilustre testimonio sus eminentes servicios a la nación, y que observará fielmente y hará obedecer y cumplir a todos la Constitución de la monarquía conforme en ello al juramento que acaba de prestar solemnemente en presencia de esta augusta asamblea, con lo que coronará sus glorias y corresponderá así a la expectación pública.»

Extraído de «Vida militar y política de Espartero, escrita en vista de cuantas se han publicado hasta el día». Por Alejandro Candeñosa y J. de Torá.

 

Devoción a Baldomero Espartero en el siglo XIX

San Baldomero, una festividad que se celebraba por decisión del pueblo. Os dejo este artículo sobre la «devoción» que tenía el pueblo español, y en particular el Catalán, por Espartero. Una visión diferente de la que actualmente se quiere dar desde el independentismo catalán de la figura de Joaquín Baldomero.

 

Algunas imágenes sobre Baldomero Espartero

Botiquín de campaña de Espartero. museo militar de Toledo

Grabados y pinturas sobre el Abrazo de Vergara

La cuádruple alianza que facilitó el Abrazo de Vergara

Juramento del General Espartero. Museo del Romanticismo

Cúmplase la voluntad nacional. Museo de la Historia de Madrid


Homenaje al General Espartero. Se recoge la fecha y lugar de nacimiento en Granátula. Museo Del Prado.

Historia de Espartero. Aleluya. Estampa con viñetas.

Propuesta de levantamiento de un monumento en el lugar del abrazo.

Espartero. Su pasado, su presente y su porvenir 5/5

V
El Porvenir

La misión de Espartero no puede concluir sino con él. En cualquier parte que se halle, cualquiera que sea la posición que ocupe, será Espartero el centro de todas las miradas del gran partido nacional; la expresión, la síntesis de este partido; el reflejo de todas las opiniones de libertad y progreso que tienden hoy más que nunca a combinarse, a mezclarse, a fundirse en una sola; el punto de confluencia donde han de ir a parar todas las miras individuales para sostenerse mutuamente y convertirse en un pensamiento común. Las ideas mas vagas de la multitud van a buscar en Espartero una fórmula; en él van a buscar las teorías personales la debida convergencia para confundir en una sola lo que cada una de ellas tiene de adaptable. Un partido como el progresista, que no aspira mas que a la libertad y a la independencia de la patria y al progreso de la humanidad en general, carece de la unidad característica de las pandillas, de esa unidad que no se encuentra en los que dirigen sus fuerzas individuales al interés de la comunidad, sino en los que dirigen las fuerzas de la comunidad a sus intereses individuales. El lazo más poderoso que une entre sí a los enemigos de la libertad es el egoísmo, y como han debido necesariamente carecer de este lazo los que constituyen el partido del progreso, han tenido necesariamente que buscar otro. Ellos saben que para ser fuertes han de estar unidos, y la conciencia de esta necesidad les ha hecho pensar a todos en un vínculo a que todos se sometiesen voluntariamente, sin que nadie quisiera romperlo. Este vínculo es Espartero; existiendo Espartero, no podían los liberales buscar otro.

Si ahora, pues, se nos pregunta cuál es la significación política de Espartero, diremos que Espartero significa la unidad del gran partido liberal. Esta significación la debe a su popularidad, y su popularidad a sus hechos y también a su misma procedencia. Espartero es popular, porque como Franklin, como Washington, ha salido de la clase del pueblo, de esta clase tan vilipendiada como generosa, que ha derramado su sangre para conquistar unas instituciones que no le dan ningún derecho; es popular, porque hasta sus blasones y títulos aristocráticos los ha adquirido defendiendo al pueblo, y no vendiéndole; es popular, porque desde la inmensa altura a que le ha elevado su propio mérito, no ha escupido jamás desdeñosamente al pueblo, de cuyas filas ha salido, como tantos otros que cuando por medio de la intriga logran abrirse paso hasta los salones de los magnates, se avergüenzan de su humilde extracción, en lugar de avergonzarse de sus hechos, y procuran hacer pedazos la fe de bautismo en que consta su oscuro origen; es popular, porque pudiendo optar entre los favores de la aristocracia y el amor del pueblo, optó por este último, y supo prescindir de todos los títulos, honores y condecoraciones que había comprado con su sangre cuando se quiso convertir sus galardones en compromisos que le obligaban a encadenar su patria; es popular, en fin, porque ha estado constantemente tan identificado con el pueblo, que sus victorias y sus caídas han sido siempre las victorias y las caídas del pueblo mismo. La popularidad de Espartero no es pues usurpada; la posee mas que ningún otro, porque más que ningún otro presenta títulos legítimos para poseerla.

Pero las causas de esa popularidad importan poco; lo cierto es que la tiene, y aunque no encontrásemos motivo alguno a que atribuirla, ella sola bastaría para darle la significación política que sus adversarios se han atrevido a negarle contra lo que les dicen sus propias convicciones.

Los distintos individuos que componen el partido progresista no están todos conformes mas que en el objeto que se proponen conseguir. El objeto es común, pero no son comunes los medios que tratan de emplear para llegar a él. Algunos lo esperan todo de la fuerza de las circunstancias, que son más poderosas que los hombres, e inspirándoles confianza la santidad misma de la causa que defienden, creen que por más que permanezcan inactivos e inermes, esta causa triunfará por sí sola. Otros buscan en la discusión pacifica, ejercida en la prensa y en la tribuna, la victoria que otros consideran solamente asequible en otro terreno, y piensan que mientras quede un vestigio de libertad, mientras un átomo del pensamiento humano tenga un solo intersticio por el cual revelarse, por el cual salir con más o menos pena, con más o menos facilidad, será suficiente este átomo para mantener viva la fe del pueblo y vivo también el entusiasmo a favor de la libertad en todos los corazones honrados. Pero todos, aunque por distintos caminos y con paso diferente, marchan a un mismo fin, a un fin único, a un fin exclusivo; todos en último resultado no aspiran mas que a la libertad, no mas que a la conquista progresiva de los derechos del pueblo. ¿Cuál es de esos caminos el menos peligroso? ¿Cuál es de esos medios el más adaptable, el más pronto, el más seguro? Cada cual da la preferencia al suyo, porque es suyo, y de aquí nace la dificultad de mancomunar todos los esfuerzos como lo exige el triunfo. Tal vez todos los medios serían buenos si adoptásemos todos indistintamente cualquiera de ellos; pero todos son malos si los unos adoptan uno y los otros adoptan otro; siendo las acciones múltiples, por su falta de unidad se neutralizan mutuamente. Nosotros no adoptamos ni proscribimos ninguno de los medios que con un exclusivismo absoluto han sido ciegamente adoptados y prescritos por otros para llegar al término de nuestros comunes deseos. Creemos, y ya en la actualidad creen todos lo mismo, que las circunstancias son las únicas que deben determinar la conducta que en lo sucesivo ha de seguir el partido progresista, y que para que este cobre la debida organización es menester que encomiende a uno solo la apreciación de estas circunstancias. El índice del pueblo ha señalado instintivamente la persona a quien puede encargarse esta misión difícil. Esta misión es la misión de Espartero. Cualquier otro a quien se confiase tendría en contra todos aquellos hombres de quienes no adoptase los medios que creen ellos ser los mejores, y no conseguiría establecer en las huestes del progreso la subordinación y la disciplina. Solo Espartero que es querido de todos, respetado de todos, puede ser obedecido de todos. Para hacer lo que él puede hacer se necesita su popularidad. Su popularidad lo es todo para el partido progresista, y por eso hemos dicho que poco importan, con tal que la tenga, las causas a que se debe. Estas causas las conocemos; son poderosas, y a las que hemos enumerado pudiéramos añadir el odio que le tienen los enemigos del pueblo. Aunque fuese impopular, son tan impopulares sus detractores, que las antipatías que estos le manifiestan bastarían para popularizarlo.

Cuatro años hace que en un momento de vértigo muchos de los que más habían admirado al libertador y pacificador de España se declararon sus contrarios y pugnaron para derribarle, creyendo que la libertad no quedaría sepultada debajo de las ruinas de su regencia. Cuatro años eternos de reacciones y venganzas, cuatro años interminables dedicados exclusivamente a volver infructuosas y estériles todas las conquistas que había hecho el pueblo en el terreno de la libertad, han sido, a la vez que un escarmiento terrible, una lección saludable que nos enseñará a ser más cautos en lo sucesivo y a desprendernos del orgullo y las pasiones que nos cegaron un día para no dejarnos ver la importancia de los hombres y la trascendencia de las cosas. Ahora ya no hay progresista que no conozca que en el año 43 Espartero era una necesidad de nuestro partido; que Espartero había formado con la libertad un cuerpo común en que cualquiera solución de contigüidad era imposible sin la destrucción del todo; que querer derribar a Espartero sin derribar la libertad era un absurdo, como hubiera sido un absurdo querer derribar la libertad sin derribar a Espartero. Ahora que desengaños amargos y una larga expiación de nuestros errores nos han convencido de lo que vale el hijo de Granátula, más aún que los recuerdos de su gloria escritos por su espada y con su sangre en dos continentes, no solo buscamos en él un jefe, sino que también una bandera. Cuando en un hombre se concentran las simpatías de todo un partido, este hombre es algo más que un caudillo, es un símbolo, solo cuando las ideas de la multitud hallan uno que las simbolice, tienen la unidad y la fuerza que hace de todas un sistema. En la actualidad no se concibe en España un esparterista sin ser liberal, ni un liberal sin ser esparterista. Los liberales hemos tomado a Espartero por símbolo de nuestras creencias políticas, como los cristianos tomamos la cruz por símbolo de nuestras creencias religiosas.

Aunque nada mas pudiéramos prometernos de Espartero que hallar en él el punto de reunión de todos los deseos de los progresistas, para que desde él marchasen convergentes a nuestro común objeto; aunque no buscásemos el poderoso auxilio de sus desinteresados consejos y de su espada vencedora; aunque Espartero no fuese un héroe, ni siquiera un general, ni siquiera un hombre, con tal que fuese como es ahora el centro común de todas las opiniones, hasta de las más aisladas, de nuestro partido, sería indudablemente la garantía más segura de nuestra victoria y de nuestro dominio en el porvenir. Si en este momento dejase de existir, concentrados en sus glorias nuestros recuerdos, agrupados en su tumba nuestros sentimientos, permaneceríamos unidos por la sola fuerza de su prestigio, que sin duda alguna ha de sobrevivirle, y su nombre sería el emblema de nuestra unión como lo es ahora su persona. Desde que el ilustre proscripto ha vuelto de su emigración, ninguna parte ha tomado en la lucha de los partidos; apenas habrá dedicado una mirada de indiferencia a las cuestiones que se agitan en el campo de la política militante, y sin embargo ha hecho, tal vez sin pensarlo, a favor de la libertad lo que tal vez solo él hubiera podido hacer; su presencia ha reanimado el espíritu público, ha despertado el entusiasmo, ha generalizado las esperanzas y ha conseguido dar a las miras individuales un punto de confluencia común para que tuviesen también común un punto de partida. ¿Qué mas necesitaba la libertad para triunfar que la unión de los liberales? ¿Qué mas nos pedía que el sacrificio de los resentimientos particulares ante las aras del interés común? La presencia del pacificador de España nos ha inspirado este glorioso sacrificio, y su ejemplo y su voz han alentado a los menos dispuestos a consumarlo. Ha hablado a todos un lenguaje de reconciliación, lo mismo a los que le empujaron hasta el Malabar, que a los que fueron fieles a su causa en aquellos momentos de prueba; a todos indistintamente los ha abrazado y en todos ha fundado sus esperanzas para la reconquista de los derechos del pueblo. El, el mas agraviado, ha dado las primeras pruebas de abnegación y de olvido, ¿podía alguno dejarle de imitar? Le hemos imitado todos y nos hemos unido todos. ¿No es eso haber triunfado? ¿No es nuestro partido el más numeroso, el que tiene el apoyo de la razón y la justicia, el que marcha de acuerdo con el espíritu del siglo y el interés de la humanidad? ¿No es pues haber triunfado habernos unido?

Espartero nos ha unido; algo más, sin embargo, esperamos los progresistas del ilustre campeón de la libertad española. Hemos dicho que un hombre en quien se concentran las simpatías de todo un partido no solo es un jefe sino un símbolo. Ahora debemos decir que cuando un hombre que representa un partido está dotado como Espartero de valor, de honradez y de inteligencia, no solo es un símbolo sino un jefe. Algo más tenemos en Espartero que un nombre que invocar; tenemos un caudillo que nos conduzca. Algún día el que afianzó el trono constitucional de la que actualmente lo ocupa, podrá penetrar hasta sus gradas a pesar de los pesares, y presentarse a la Reina con todos los títulos que le dan para ser creído sus eminentes servicios. La Reina quiere a su pueblo, y Espartero será el fiel intérprete de los deseos del pueblo, y caerá la barrera de cortesanos, hoy interpuesta entre la nación y la persona augusta que acallaría bondadosa sus quejas si pudiera oírlas. El país sufre, porque la Reina no sabe que sufre; es esclavo, porque no llega a los oídos de la Reina el rumor de sus cadenas; está extenuado y hambriento, porque la Reina no sabe que absorbe toda la sustancia pública la codicia de sus opresores. Espartero algún día hará saber a la Reina lo que la Reina ignora; le dirá que la nación carece de un gobierno compuesto de personas cuyos antecedentes siempre liberales sean la primera garantía de la conservación de la libertad; le dirá que faltan a su rededor personas dotadas del suficiente prestigio para inspirar confianza al país y sostener y completar en un sentido más liberal las reformas comenzadas, asegurando a la libertad y al trono el apoyo de todos los intereses identificados con dichas reformas; le dirá que la nación necesita un gobierno que reformando el sistema de hacienda nivele en lo posible los gastos con los productos y regularice equitativamente la satisfacción de los primeros; le dirá que la nación tiene derecho a prometerse un gobierno, que proscribiendo el sistema de suspicacia y persecución que pesa sobre una considerable parte de buenos ciudadanos, procure que todos los que cumplan con los deberes que prescriben las leyes, disfruten ampliamente de los derechos que las mismas les concedan; le dirá que la nación anhela que se respete la seguridad personal, que el poder judicial sea independiente, y que la magistratura salga de su estado de postración y deje de ser juguete de los caprichos de un ministro cualquiera, que atropellando la ley fundamental, quiera tener en su mano la justicia, es decir, la propiedad, la honra y la vida de todos los españoles. He aquí lo que quiere la nación, de cuya voluntad algún día podrá constituirse delante de la Reina intérprete el mas legítimo el general Espartero. La Reina no sabrá sin conmoverse que sus mas leales servidores están sumidos en la indigencia, y que muchos de los que la combatieron empuñan hoy las armas arrancadas ignominiosamente de las manos de los que salvaron su trono.

Y aun así no se habrán cumplido los grandes destinos de Espartero. En la lucha que empieza en Europa, tiene Espartero un puesto señalado, tiene que concluir su misión providencial. A la alianza de los reyes absolutos y de los que se empeñan en serlo, se opondrá bien pronto la santa alianza de los pueblos. La Francia acaba de adicionar su magnífica epopeya con otras tres grandes jornadas; el Portugal va a sacudir el yugo de sus impudentes oligarcas; la Italia se levanta como un cadáver resucitado; la Suiza rompe las cadenas de una teocracia sangrienta antes de dar tiempo a los déspotas de acabarlas de forjar; la luz de la civilización se abre paso en todas partes y penetra hasta en la Turquía, sumergida ayer en profundísimas tinieblas; la Grecia evoca antiguos recuerdos, y pide a la libertad la reconstrucción de su nacionalidad y de su gloria, y hasta en el corazón mismo de las monarquías absolutas se ha extravasado una nueva sangre que hace latir con fuerza sus arterias. La Europa contrae a la vez todos sus músculos; un sacudimiento unánime se prepara, una guerra general como el diluvio. ¡Oh! esta guerra será santa. El espíritu de libertad recorre todos los nervios del cuerpo social, a la manera de una corriente galvánica. ¿Qué nación, qué miembro de este gran gigante que se llama Europa permanecerá impasible, estando colocado entre los polos de la pila y en contacto con ella? La tiranía admite el reto; los combatientes aprestan sus fuerzas; la batalla será decisiva. ¡España! tú estás también alistada en ese grande ejército en que cada pueblo es un soldado con millones de brazos. Tú desde mucho tiempo has sentado plaza en el ejército de la libertad; ahora vas a apoyar tu libertad en la libertad de los otros, y la de los otros en la tuya; la libertad no cabe en un pueblo solo; la libertad, como Dios, ha de llenar el mundo.

¡España! ¿quién te ha de conducir a la lucha en ese gran día que se acerca? La espada del héroe de Luchana no permanecerá dormida en la vaina; el estrépito del choque la despertará, y su brillo te guiará como una estrella en medio del polvo y del humo y del estruendo de un mundo que se reedifica.

El porvenir de Espartero va envuelto en el porvenir del pueblo, porque el porvenir de Espartero se funda en la libertad del pueblo, y el pueblo cifra en Espartero las esperanzas de su libertad. Es símbolo el uno del otro; todo ha sido hasta ahora, todo será en lo sucesivo común en ellos, las victorias y las derrotas. Los que no adivináis cuál es el porvenir del pacificador de España, o no conocéis los vínculos que le unen al pueblo, o tan ciegos sois que no veis que el pueblo tiene escrito en el porvenir su triunfo. El porvenir del pueblo es la libertad, el de Espartero la inmarcesible gloria de ser el que más haya contribuido a ella.

Espartero. Su pasado, su presente y su porvenir 4/5

Quince días en Madrid

No entienden los moderados
por más que el ingenio agucen,
el motivo que les causa
tan horribles pesadumbres.

Ponen mil medios en juego:
incienso y oro consumen
para elevar a sus ídolos,
aún más allá de las nubes.

Pero sus cuidados todos
efecto contrario surten
en ese pueblo ultrajado
que de los hierros se aburre.

Y aunque en proyectos de gloria
su pobre mollera estrujen,
y aunque al halago recurran
y aunque con oro deslumbren;

jamás extinguir consiguen
la mirada torva y fúnebre,
que el odio y desprecio explica
de la inmensa muchedumbre.

Han visto mil desengaños;
han visto que cuando suben
al poder por uno de esos
golpes de intriga o de embuste;

del pueblo el rostro risueño
un velo siniestro cubre,
y con rugidos de fiera
maldice el yugo que sufre.

Entran en Madrid los ídolos,
escoltados por franchutes,
de ese bando intolerante
que tantas víboras nutre;

y en los pueblos y en la corte
nadie su curso interrumpe,
con entusiastas acentos
que sus fatigas endulcen.

Solo el mortífero bronce
para las fiestas consume,
por todo incienso en albricias
carbón, salitre y azufre.

No es extraño; el pueblo sabe
que aunque le mimen y adulen,
los que aversión le profesan
como el demonio a las cruces,

son siempre sus enemigos
que planes inicuos urden,
para venderle y uncirle
al carro de los Monsiures.

Los moderados no obstante
de inteligentes presumen,
y a otras razones la causa
de este silencio atribuyen.

Juzgan al pueblo cansado
e indiferente, ya triunfen
los que su causa defiendan,
o los que su nombre insulten.

Creen que en su pecho entibiado
ningún efecto producen
los recuerdos de Setiembre
ni las victorias de Octubre.

Y por tanto a los que vienen
no es mucho que no salude
sin mirar si sus banderas
son encarnadas o azules.

Pero apenas en la corte
se halla un general ilustre;
y de Espartero la vuelta
por todos los barrios cunde,

ven los pobres moderados,
aunque impedirlo procuren,
que ya en la apagada hoguera,
vuelve a renacer la lumbre.

El Pueblo por todas partes
a ver a su amigo acude,
sin que el impulso mezquino
del egoísmo le impulse.

Quiere ver a su caudillo,
que así su esperanza cumple;
quiere saludar al héroe
con acentos no comunes.

Quiere mostrar su alegría
que santo respeto infunde
de entusiasmo y de consuelo
vertiendo lágrimas dulces.

En vano los moderados
por las calles distribuyen
sus espías tiburones,
y sus esbirros atunes.

En vano inundan las calles
por ver si el Pueblo se aturde
cuando de la nueva aurora
el astro fulgente luce.

El pueblo de gozo henchido
sin peligro que le asuste,
de las forjadas cadenas,
quiere acabar con el yunque.

Y a los siervos despreciando
que de ira y vergüenza rujen
concurren por todas partes
a ver a su amigo el Duque.

–––

Era de ver al bando miserable
(y gracias puede dar si así le tildo)
que el naufragio creyendo inevitable
citó todos sus jefes a cabildo.

Esos que juzgan alcanzar la gloria
y no temen correr riesgo ninguno
cuando llevan ganada la victoria:
esto quiere decir, diez contra uno.

Esos desaforados mamelucos
que porque el miedo su poder no merme
llevan sables, pistolas y trabucos
para vencer al ciudadano inerme.

Esos Aquiles (sí; de yeso mate)
esos bravos (perdonen el capricho)
esos hijos del Cid (¡qué disparate!)
esos héroes, en fin, (aunque es mal dicho).

Esos cuyo renombre desde el Norte
quisieran extender al otro polo…
casi trataron de dejar la Corte
al ver entrar en ella… un hombre solo.

«Un hombre nada más, y basta y sobra;»
exclamaron gruñendo como alanos,
viendo de su gaznate con zozobra
que el turrón se les iba de las manos.

¡Hurra! ‘hurra, cosacos del desierto!
de vuestras fauces el turrón se ahuyenta:
el peligro es mortal ¡el riesgo cierto!
¿consentiréis en tan horrible afrenta?

No; ya lo sé: conozco vuestra saña
cuando el turrón defiende mal ganado:
si se tratara de salvar a España,
quizá no se encontrara un moderado.

Quizá, para saciar vuestro apetito,
con tal de que os mataran la gazuza,
no respondiérais de la patria al grito
aunque en Madrid entrara el moro Muza.

Pero el turrón perder siendo potentes!!!
pero dejar por siempre la pitanza…!!!
a la vagancia acostumbrar los dientes!!!
a sus delicias renunciar la panza…!!!

¡Imposible que el chasco se aguantara!
Eso sería atroz y hasta terrible.
No puede ser, porque… la cosa es clara,
porque no puede ser, si es imposible!

En efecto, entregarse no era justo;
forjaron, en efecto, su proyecto;
y en efecto la presa de su gusto
a salvar se prestaron, con efecto.

Allí ya no hubo jefe ni vasallo
para inmolar al liberal caudillo.
Uno propuso un plan con voz de gallo
y otro lo defendió con voz de grillo.

Pónese a votación, nadie se atranca,
que están unidos, como yerno y suegra,
cada cual entregó su bola blanca,
uno echó solamente bola negra.

Y este, que se preciaba de hombre recto,
era el autor, un pobre miserable,
que pensó más despacio en su proyecto
y lo encontró, sin duda, detestable.

Pero, en fin, se aprobó lo que él dispuso
y aun le dieron las gracias con lisonja:
entre buenos amigos lo propuso
para andar con escrúpulos de monja!…

El presidente, a quien el hambre acecha,
levantó la sesión, que es su derecho.
No me acuerdo a qué hora ni en qué fecha,
que esto no es esencial, vamos al hecho.

–––

El hecho es que la impericia,
de los esbirros, notoria,
no fue a su causa propicia,
pues pronto llegó a noticia
del Duque de la Victoria.

Supo el general la maña
con que, dóciles cabestros,
iban a probar su saña
los enemigos siniestros
de la libertad de España.

Supo que en causar suspiros
cifran su dicha y su gloria
los miserables vampiros,
que hacen blanco de sus tiros
al Duque de la Victoria.

Supo que el pueblo en exceso
detestaba a sus rivales
y no temblaba por eso
en exponerse a un suceso
de consecuencias fatales.

Que el pueblo sabe querer
y tiene buena memoria,
y dará si es menester
su vida por defender
al Duque de la Victoria.

En riesgo tan inminente,
aunque sin temor alguno
por sí, calculó prudente
lo que era más oportuno,
es decir, más conveniente.

Que aunque él no sabe temblar,
como lo prueba su historia,
ver no quiere atropellar
al pueblo por un azar
el Duque de la Victoria.

Y burlando la intención
de tanto servil retoño,
ara impedir la traición
marchóse a ver la función…
al teatro de Logroño.

Con lo cual los mostaganes
que andar pueden a una noria,
vieron tras de mil afanes
echar por tierra sus planes
el Duque de la Victoria.

Así el bando moderado
terminando su querella,
pudo decir sosegado:
¡gran victoria hemos ganado!
tal general hubo en ella.

Dábanse por las paredes,
que fue su paz transitoria;
y su fortuna ilusoria
de pescar entre sus redes
al Duque de la Victoria.

–––

Empezóse a decir por la mañana
que iba al Circo Espartero, y de alegría
reventaba la chusma cortesana
viendo cercano el golpe que se urdía.
Como frailes al toque de campana
juntóse a una señal la policía,
sacando cada cual uñas de gato
al verse en torno de su jefe el chato.

¿Habéis visto un concurso de camellos?
Imaginadlo bien, que es oportuno
para ver los que en torpes atropellos
trabajar ofrecieron de consuno.
Bien retratar quisiera a todos ellos
sus gestos dibujando uno por uno;
pero me arredra un poco esta tramoya,
digna por cierto del pincel de Goya.

Era el jefe una triste criatura
de buena longitud, pero tan flaca,
que a no ser algo grande, en la estatura,
creyérale cualquiera una espinaca:
las patillas en forma de herradura;
las piernas cada cual como una estaca;
boca que calza un pan con desahogo,
pero tiene nariz de perro dogo.

Es el segundo un mozo muy ladino,
grueso y rubio, que inspira antipatía;
con más barbas que un padre capuchino
y una sal de ¡Jezúz! ¡Virgen María!
De pistolas y sables el indino
lleva siempre consigo una armería;
porque anda a la canalla persiguiendo
y, en fin… porque es un hombre mu tremendo.

Mozos son los demás de pocos bríos,
cada cual el peor de cada casa.
Una tribu parece de judíos,
que donde pone el pie todo lo arrasa:
y en fin, calcule bien, lectores míos,
vuestra penetración, que no es escasa,
cuál será el pelotón de mequetrefes
para servir con semejantes jefes.

Avezado a la suerte del amurco
el jefe se abrazó con cada bicho:
aquel largo pendón, cara de turco
en cuyo cementerio muestra el nicho
porque en vez de nariz ostenta un surco.
Este alzando la voz, según me han dicho,
dijo cosas muy nuevas en el orbe,
a guisa del que a un tiempo sopla y sorbe.

«Camaradas, gritó, del enemigo
conocéis como yo las intenciones;
cuento con vuestros brazos y me obligo
a que nunca levante sus pendones:
si queréis la opresión, venid conmigo
a matar en el Circo flamasones.
Perezca para siempre esa calaña
que quiere libertad para la España.

Hoy va Espartero al Circo, es consiguiente
que el pueblo para darnos pesadumbre
mostrar pretenda su entusiasmo ardiente
con los vivas y aplausos de costumbre.
Pronto será una hoguera el continente
si apagar no sabemos esa lumbre,
y esa hoguera por cierto es muy temible
porque somos materia combustible.»

Esto diciendo el chato viperino
repartió a cada cual una luneta,
un par de magras, un porrón de vino,
una libra de pan, y una peseta.
Entregó a cada cual en el camino
un sable, un arcabuz y una escopeta;
un inmenso pertrecho de metralla,
y partieron al campo de batalla.

Era el plan como sigue: en el instante
de llegar Espartero, desde luego
mostrando la alegría en el semblante
el pueblo todo de la patria al ruego,
saludaría al general triunfante.
Dábase a la sazón la voz de ¡fuego!
y caían a un tiempo espectadores,
niños, señoras, músicos y actores.

Grande la entrada fue, no se trabuque,
grande fue el peloton… de policía;
bufaban todos esperando al Duque
para mostrar su arrojo y valentía:
de su esperanza naufragaba el buque
porque el hombre esperado no venía,
y el proyecto sangriento fracasaba
porque el hombre esperado no llegaba.

La función entre tanto iba siguiendo
y el pueblo ni aplaudía ni silbaba:
en aquel espectáculo tremendo
solo el silencio del dolor reinaba.
Los esbirros se estaban deshaciendo
porque el hombre esperado no llegaba,
y el pueblo rebosaba en alegría
porque el hombre esperado no venía.

Llegó el fin, las torcidas se apagaron;
cada cual desfiló por su sendero:
los músicos y actores se marcharon
y en un acto tan crítico y severo
los esbirros el campo abandonaron
porque en vano esperaban a Espartero,
que sabiendo sus tramas infelices,
les dejó con un palmo de narices.

La intriga que el invierno preparaba
debió dejarse ya para el otoño,
que el hombre que en el Circo se esperaba
iba andando camino de Logroño.
¿Cómo la policía lo ignoraba?
¿Cómo es tan torpe el pelotón bisoño?
Porque tener no puede buen olfato
un jefe sin nariz, un hombre chato.

Espartero. Su pasado, su presente y su porvenir 3/5

III
La vuelta del proscripto

Lleno todavía de las gratas emociones que había producido en él la lisonjera recepción que le había dispensado la reina de Inglaterra, salió el Duque de Southampton el día 30, en un vapor de la compañía de Heredia, en Málaga. A poco de haber dejado el puerto sobrevino un ligero temporal que retardó su viaje algún tanto. A pesar de esto, el 4 de enero a las tres y media de la tarde, desembarcó en San Sebastián.

Los hombres vulgares no comprenden a veces el amor que inspira la patria: el reducido círculo de la familia, el valladar del cercado dentro del cual llevan una vida salvaje, les basta a ellos para sus pesares o para sus alegrías; pero conforme se va saliendo de la esfera mezquina del individuo que se aísla en sus propios intereses, se va entrando en un campo más vasto de comunidad y vida. El hombre entonces no necesita solo para gozar que los bienes vengan a refluir parcial y aisladamente sobre su corazón: allí quedarían como aguas estancadas si la expansión del alma en sociedad no las hiciese refluir a otras tierras que fecundan. Así se forman mil lazos invisibles que nos retienen poderosamente a la tierra en que vivimos. Nuestros pensamientos, nuestras obras, nuestras costumbres y hasta nuestros caprichos, todo se subordina a la ley general que nadie sabe quién impone, pero que todos aceptan. Arrancarnos, pues, de este centro a que nos llaman todas las inclinaciones de nuestra vida, es lo mismo que sacar a los habitantes del mediodía de los templados aires de su zona, para trasladarlos a las regiones polares donde el frío helaría su sangre.

La patria no es, pues, solo el terruño en que vivimos, es la sociedad, es la nación con cuyas esperanzas y temores nos hemos ido formando. Cuanto mayor es el círculo que abraza el individuo en su trato social, mayor es también el apego que siente a la sociedad en que vive. Así pues, cuando los hombres han llegado como Espartero a verse colocados por el amor del pueblo en uno de esos puestos elevados desde los cuales se abraza a la vez con una mirada la vida de una gran nación, si la vanidad no ha cegado las fuentes de sus simpatías, cosa frecuente entre los hombres flacos de espíritu y de voluntad, la vida individual resulta no tanto de la acción propia como de la acción combinada que ejerce en nosotros el movimiento en general de la sociedad que nos rodea. Los mil ojos del alma están abiertos a la vez para ver y compadecer los pesares de los que sufren o para cantar y glorificar las alegrías de los que ríen. La sociedad entonces más que la patria es la familia: en cada hombre que encontramos en ella, vemos un hermano que sufre o un hijo que goza.

Napoleón en Santa Elena no pensaba tanto en la gloria y en la grandeza que había perdido, como en aquel pueblo francés de que la tiranía le rechazaba. «Yo deseo descansar, decía en su testamento, como la esperanza más lisonjera, que le quedaba al morir, en medio de ese pueblo francés que tanto he amado.» Así Espartero también: cuanto había perdido en su caída del elevado puesto a que el voto nacional le encumbró, era nada comparado a la agonía que le hacía sufrir el apartamiento de una patria a cuya felicidad desde sus primeros años se había consagrado. Por eso también Espartero en los primeros momentos de desahogo que le dejó el entusiasmo y el amor general que por todas partes produjo a su llegada al suelo patrio, no hacía más que repetir en el seno de sus amigos las palabras siguientes, que encierran todo un mundo de amor y de reconocimiento. «Mientras he estado en la emigración, decía el ilustre proscripto, mi mayor, mi único sentimiento ha sido vivir lejos del pueblo español: ahora que me hallo en su seno, me sería ya indiferente morir.» Ya lo hemos dicho en otra parte: si hay algún héroe popular en la historia, ese héroe es Espartero. Así como otros se han propuesto por término y fin de sus acciones el engrandecimiento personal, el logro de riquezas, de laureles o de vanidades; así Espartero no ha pensado ni ha vivido nunca más que para consagrarse a la gloria y defensa del pueblo en cuyo seno ha nacido. El amor al pueblo: he aquí la pasión de su vida. Con esta clave de su corazón en la mano se pueden explicar todos los actos de su larga carrera: sus mismos contratiempos los debe a esa pasión que sobre todas domina su alma. Si él se hubiera consagrado más a la adulación de los grandes; si hubiera sido algo más flexible en lo de dar ancho cauce a la realización de los deseos e influencia de naciones extrañas que querían meter mano en los negocios de la nuestra; si en vez de consagrarse al bien y felicidad del pueblo, de ese pueblo pobre, pero honrado, que nada le puede dar sino amor y gratitud, hubiera tratado de adular las pasiones de los ricos; si cuando combatido ya hubiera querido mostrarse airado y fuerte y herir a diestro y siniestro sobre las cabezas de todos los que por la seducción o por el error andaban por el camino de la rebelión y de la intriga; si entonces, decimos, hubiera querido anegar en sangre los primeros asomos de descontento y alevosía, fácil, muy fácil le hubiera sido mantenerse en su puesto hasta que por la Constitución hubiera sido llamado a resignarlo en las manos supremas. Pero para obrar así Espartero necesitaba recurrir a la violencia y al estrago, necesitaba no ver los padecimientos del pueblo, que es el que al fin y al cabo sufre más en los vaivenes y en las conmociones políticas. Por esto pues, sacrificó el amor propio y la vanidad de su persona, a los pies de ese ídolo, santo y legítimo, que ha reclamado siempre las mejores aspiraciones de su corazón.

Más diremos aún. Los enemigos del general Espartero han querido significar su pequeñez de alma y de genio, por medio de la conducta que ha observado en su marcha hasta Madrid. «Con su popularidad y prestigio, han dicho, debía haber intentado otros Cien días.» Algo más apegados deben estar a las vanidades del amor propio los que tal dicen de ese mismo Espartero que tratan de deprimir. Si Espartero no hubiera mirado más que a su gloria, tal vez le era fácil, muy fácil, haber intentado con éxito otro movimiento parecido al del héroe francés. La agitación y entusiasmo que su presencia y su nombre han producido de uno a otro extremo de la península, dicen demasiado lo que él puede esperarse del pueblo español, el día en que, enarbolando la bandera de la libertad le diga: aquí está el peligro. Pero preciso es conocerlo: Espartero sabe demasiado lo terribles que son los arranques revolucionarios, para ser él el que vaya a desatar el comprimido enojo. La sangre que se derramase por sobre la haz del pueblo español, emponzoñaría para él todos los laureles que pudieran alcanzarse en una tan heroica jornada. El no podía ser por lo tanto tan osado como Napoleón en sus cien días, porque estimaba en algo mas que aquel la sangre y la paz de los pueblos. No podía querer como el héroe francés jugar en un golpe de azar la vida de un millón de ciudadanos.

Además, no es menos gloriosa, aunque no haya sido acompañada de igual estrépito que aquella, la carrera que Espartero ha seguido en su vuelta a España. Apenas tomó tierra en el puerto de San Sebastián, cuando se vio rodeado de un gentío inmenso que desde muy temprano se había colocado en todas las alturas inmediatas, para poder desde allí contemplar más a su sabor al héroe que la reacción había echado de entre nosotros. No eran solo los de la ciudad los que llenaban la concha del muelle y las alturas del castillo de la Mota: la gente de todos los pueblos vecinos había corrido a San Sebastián como a celebrar una gran fiesta.

Las demostraciones populares de que a su aparición fue objeto, son muy difíciles de pintar. De todos lados se veía un movimiento continuado de pañuelos y sombreros con que, a falta de otros medios mas explícitos, saludaba aquel inmenso gentío al pacificador de España. Una aclamación general de alegría y entusiasmo, partió a la vez de toda la extensión que ocupaba la muchedumbre al ver de nuevo entre ella al hombre que más ha hecho por la libertad y por la paz del país.

Las olas de aquel gentío inmenso se pusieron en movimiento apenas el Duque tomó el camino de la ciudad para ir a aposentarse en la casa del señor Lasala, donde permaneció hasta su reciente partida. Durante todo el tránsito siguiole ansiosa aquella muchedumbre con las lágrimas de alegría en los ojos, que nunca se cansaban de mirar al héroe.

A pesar de lo expuesto y comprometido que era dar muestras muy señaladas del aprecio y entusiasmo que el Duque pudiera inspirar, los habitantes de San Sebastián no escasearon medio ninguno de demostrar al Duque lo simpática que les ha sido siempre su causa y su persona, así en los tiempos de prosperidad como en los de adversa fortuna. La casa en que habitó el Duque, estuvo atestada durante toda la tarde de gentes que se disputaban la honra de saludar y abrazar al ilustre proscripto. Allí no hubo distinciones entre clases y personas, edades ni sexos: todos conocían que aquel era un ídolo nacional cuya gloria y cuyas hazañas ilustres engrandecían a todos.

El empeño que el Duque manifestó de partir aquella misma noche para continuar su viaje a la corte, empeño que no nacía más que del cuidado que el Duque ponía en que no se propagase la noticia de su vuelta, tratando de evitar las ovaciones que él, conociendo el carácter agradecido del pueblo español, se esperaba en su tránsito, con riesgo y peligro de los pueblos a quienes hace tiempo que no parece que se trata mas que de empeñarlos en querellas de muerte, impidió que los habitantes de San Sebastián pudieran dar al ilustre caudillo más rendidas y ostensibles muestras del entusiasmo que les inspiraba. A pesar de esto y de la precipitación con que tuvo que hacerse, se dispuso para aquella noche una serenata, que realmente se verificó, a la cual acudió el mismo gentío que se había visto por la tarde cuando su desembarque.

Como había anunciado, partió el Duque de San Sebastián a las doce de la noche del mismo día 4 en que había verificado su entrada. Durante su travesía hasta Vitoria pudo guardar el incógnito que rigurosamente se había impuesto. La precipitación con que caminaba le impidió detenerse un momento en Vergara, cuyos sitios le traían a la memoria bien emponzoñados recuerdos. ¡Cuatro años había tardado un gobierno ingrato en reconocer que el general ilustre que inmortalizó a Vergara, dando la paz al pueblo, la seguridad al trono, a la patria la libertad, era uno de esos hombres que pertenecen a la gloria de las naciones y cuya reputación no se ataca sin que recaiga sobre los que tal osan hacer, la afrenta que nunca perdonará la historia en Cartago cuando abandonó a Aníbal, porque después de las victorias de Trasimeno y Canas, se había eclipsado su astro en el lance desastroso de Zama. Pero la comparación no es exacta. Espartero no ha sido vencido nunca en ningún campo de batalla: el poder que le derrocó tuvo que irse formando en los salones palaciegos hasta que, bastante fuerte ya, le pudo herir a traición.

Hemos dicho que Espartero viajó de incógnito hasta Vitoria. Al llegará a este punto, en donde entró a la una y media de la tarde, fue cuando se dio a conocer, pero solo de algunas personas. Esperando que sucediese lo mismo que en San Sebastián, dispuso que algunos sujetos influyentes tomasen a su cargo detener a la muchedumbre que indudablemente trataría de agolparse en rededor de la casa de Postas, que fue en la que primeramente tomó descanso. Lo que se había previsto sucedió en efecto, siendo el señor Gurrea el que tuvo que intervenir para que las gentes que avanzaban por la ronda diesen crédito a las supuestas amonestaciones del Duque.

Entre las personas que fueron a cumplimentarle, notáronse el general Urbistondo y algunos otros oficiales de graduación. Además pasó a saludarle una comisión del pueblo de Logroño, que fue recibida por el Duque con la efusión que inspira a corazones simpáticos, la presencia de las personas que han respirado y vivido en los mismos lugares en que más raíces echa siempre el corazón, en aquellos donde tenemos nuestros recuerdos y nuestras tradiciones de familia, y donde aun están levantados los mismos horizontes que contemplamos al entreabrir nuestros ojos por primera vez.

Pero aun le quedaba otra escena más tierna que presenciar. La misma familia de la esposa del Duque, vino a decir y recordar a este las tristezas y dolores que les había causado su ausencia y las alegrías que volvían a recobrar al verle de nuevo de vuelta al suelo patrio.

Poco nos resta ya que decir del camino que desde Vitoria tuvo que hacer el Duque hasta llegar a Madrid. El mismo coche que había sacado de San Sebastián, pudo traerle de incógnito hasta la corte. Solo en Bribiesca se apercibió la muchedumbre de que la comitiva que pasaba era la del Duque. Apenas se supo esto cuando, sin tener en cuenta ningún temor ni consideración, se agolpó la gente alrededor del carruaje que le conducía, dando en vivas y aclamaciones, señaladas muestras del entusiasmo que su presencia inspiraba. Desde aquel punto en adelante ya nadie le conoció.

La entrada en Madrid, que como todos saben fue preparada de modo que no se verificase de día, para evitar el natural tumulto, tuvo lugar a las cuatro de la madrugada del día 8.

Como hemos de consagrar un capítulo aparte a la corta permanencia del Duque en la corte de España, no podemos extendernos aquí en pintar la indecible conmoción y entusiasmo que su venida produjo en el pueblo de Madrid. Todos hemos visto las puertas de la humilde casa que habitaba, invadidas por una muchedumbre inmensa a quien no arredraban los alardes de fuerza que las autoridades tuvieron a bien desplegar. La calle de la Montera se veía cercada por todos lados de piquetes de caballería e infantería que velaban allí como si fuese una población en tumulto, sin que esto contuviese a nadie de su propósito de ir a abrazar y bendecir al Duque. Los más humildes, los menos osados, se con tentaban con mantenerse en suspenso mirando los balcones de la habitación del Duque, como si mil efluvios misteriosos vinieran de lo alto a poner en contacto el corazón de los que esperaban, con el del ilustre personaje que inspiraba tan apasionado culto.

El primer cuidado del Duque apenas llegado a la capital, fue tratar de ir a besar la mano a la Reina, como súbdito leal que siempre ha sido. Al efecto pasó uno de sus secretarios al señor presidente de ministros haciéndole presente su deseo. El señor Narváez le contestó a poco, diciéndole que aquella misma tarde a las seis (era el día 8) le daría audiencia S. M. En cuanto a lo que el Duque de la Victoria había hecho presente de que la audiencia podría tener lugar delante de cualquiera de los señores ministros para evitar desconfianzas, el de Valencia le contestó galante, diciéndole, que la Reina le recibiría sola. Así fue en efecto.

Llegado que hubo a palacio se encontró en las antecámaras un grupo de alabarderos, los cuales, fieles a los recuerdos que en aquella morada había dejado tan ilustre personaje, se pusieron todos como en orden de formación, pintándose en sus semblantes la mayor conmoción y ansiedad. El Duque conociendo esto los abrazó con la mayor efusión, pasando en seguida a los aposentos reales. Allí fue recibido por la Reina con la más cariñosa bondad, permaneciendo en compañía de la augusta persona por espacio de un largo cuarto de hora. Al irse le manifestó la Reina los deseos que tenía de que reiterara sus visitas, a lo cual el Duque la contestó, que no viese en él un cortesano, sino uno de sus súbditos mas dispuestos a sacrificarse por ella en todo peligro. «Llámeme V. M., la dijo, cuando necesite un brazo que la defienda, o un corazón que la ame

¡A pesar de todo esto, pocos días después la Reina dio en palacio un baile al que asistió la corte y las cámaras, y otra multitud de personas, y al cual no fue invitado ese mismo Duque que tan sentidos ofrecimientos había hecho con su corazón de soldado!

En los veintisiete días que permaneció el Duque en Madrid, fueron numerosísimas las diputaciones que en representación de corporaciones respetables, se llegaron a cumplimentarle por su venida. La Sociedad Económica Matritense, el Instituto Español, la Sociedad del Porvenir, la del 18 Junio, la filantrópica fe Milicianos veteranos, el cuerpo se sanidad militar, &c. &c., tuvieron la honra de ser acogidas por el ilustre proscripto, con las más marcadas muestras de particular deferencia. A par de estas corporaciones fueron a cumplimentar al Duque las primeras autoridades militares y civiles y la oficialidad de la guarnición. El tiempo era corto para la multitud de personas de todos rangos que esperaban poder entrar en la habitación del Duque.

Pero el movimiento que la venida del Duque había producido, no se limitaba a Madrid. A pocos días de su llegada a la corte empezaron a recibirse felicitaciones a cuyo pié figuraban millares de firmas de todos los progresistas del reino. No hubo ciudad ni pueblo que no enviase sus comisiones a rendir al Duque el justo tributo de una admiración y un respeto que nadie como él ha sabido inspirar. Los liberales de Barcelona, aquellos tal vez que en un momento de vértigo fueron los primeros en desconfiar de las intenciones del Duque cuando su regencia, abultadas y desfiguradas horriblemente por una prensa que nunca como entonces hemos visto desbordada, quisieron también manifestar al general Espartero lo sinceramente que sienten los motivos anteriores de disidencia que un momento les hizo aparecer como apartados de su amor. «Si el error de un momento, decían los exponentes, que eran en número de más de seis mil, pudo presentar a los leales barceloneses enemistados con V. E., la expiación de tres meses de inauditos esfuerzos para reparar el daño causado por la impremeditación, no podían menos de restituirnos el aprecio de V. E., y de todo buen español.

«Pero separemos la vista de una página tan denigrante de nuestra historia contemporánea, para fijarla solo en la que recordará el claro día en que la patria recobró en V. E. a su hijo predilecto.»

Sí, tienen razón los heroicos barceloneses. Separemos la vista de los males pasados para no pensar mas que en las alegrías presentes. Ante el ilustre Duque de la Victoria, lazo y centro común del partido, desaparecen todos los mezquinos escrúpulos que la división anterior ha podido dejar en el ánimo de algunos. El general Espartero no guarda memoria mas que de los servicios que se le han prestado: su corazón sabe comprender demasiado que hay momentos en que la inteligencia nos engaña a despecho de nuestra voluntad; en que hacemos lo que no deseamos, como arrastrados por el impulso que las cosas imprimen a nuestra individualidad. ¡Cuántas veces la fuerza de una situación cualquiera nos empeña a dar un paso impremeditado que no entra en nuestro carácter ni en nuestra intención! Así en la época del 43: una palabra, un hecho empeñado, arrastró como una cadena invisible de compromiso en compromiso, a los que cuando volvieron la vista atrás se estremecieron del camino que habían andado. En pocos días habían consumado toda una contra-revolución.

Pero repitámoslo de nuevo. Ni el Duque ni nadie recuerda aquellos tiempos de extravío mas que como una severa lección que los acontecimientos nos han dado. Hemos visto que unidos somos fuertes como la revolución cuya causa representamos; pero que una vez entrada en nuestras filas la división, perdemos en un momento las conquistas de muchos años. Tenemos delante de nosotros un enemigo que, ya que no puede de frente, nos ataca con ventaja apenas encuentra uno de nuestros flancos abiertos a la intriga. Mas que por nosotros por la causa cuya bandera levantamos, tenemos un alto deber de conciencia de olvidarnos de que somos hombres para recordar que somos escogidos. Detrás de nosotros hay un pueblo inmenso que recibe los mismos golpes y las mismas caídas que nosotros: es pues muy grande la responsabilidad moral de nuestras acciones. Los partidos políticos que ejercen una misión popular son los depositarios, no de la fe y confianza individual, sino los encargados de guardar la fe y la confianza públicas. Por ellos marchan o se paran las naciones. El partido progresista español estará, pues, unido, porque es demasiado inteligente para desconocer todas estas razones, aparte de los lazos de fraternidad política que le ligan con fuerza como a una gran familia.

Bien se ha visto la armonía y acuerdo del partido en lo general que ha sido el entusiasmo que el nombre de Espartero ha llevado a los pechos. En todas partes han sido iguales las manifestaciones públicas. Las exposiciones que ha recibido el Duque han venido firmadas por progresistas; pero no por estos o por los otros, sino por todos los que son dignos de llevar este nombre. Espartero, lo repetimos, es el punto culminante que domina al partido para hacerse intérprete a la vez de las comunes aspiraciones y sentimientos.

Bien han conocido los moderados la importancia del hecho que se estaba consumando a su vista. La reorganización del partido les ha infundido pavor porque conocen su fuerza. Por eso han levantado el grito haciendo eco de sus rabias y de sus odios a la prensa de su color político, que, no diremos si para su gloria o para su afrenta, ha desempeñado a las mil maravillas su papel. Aun están algunos de sus órganos echando las babas de su hidrofobia política sobre ese hombre cuya reputación está demasiado alta para que puedan mancharle con ellas.

Hemos dicho que fue infinito el número de visitas que recibió el Duque en los días de su residencia en Madrid, y que personas de todas clases, condiciones, y sexos iban a echarse a los brazos de un hombre que el desamparo en que durante cuatro años hemos vivido, nos hace mirar como padre común. Hemos hablado también de las muchas corporaciones científicas y literarias que habían ido a rendir el tributo de su admiración y respeto al ilustre proscripto. También nos hemos ocupado del sinnúmero de felicitaciones que, suscritas por millares de firmas, venían a poner en sus manos comisiones de personas respetabilísimas encargadas al efecto. Ahora para completar el cuadro imperfecto, diremos mejor, el croquis ligero que hemos bosquejado, solo nos resta hablar de las ovaciones populares de que fue objeto en las representaciones teatrales que se dieron en su obsequio. La primera a que asistió el Duque, fue la del Instituto Español. Allí la numerosa y escogida concurrencia que llena siempre el gracioso teatro de la sociedad, obsequió al ilustre Duque con las mas señaladas pruebas de deferencia. La sección de literatura improvisó algunas composiciones en loor del Duque, que por la excelencia del asunto mas bien que por su desempeño literario, aunque este fue cuanto buenamente puede exigirse de una improvisación, fueron recibidas con estrepitosos aplausos. Una de ellas hasta pidió la sociedad que se repitiese. Durante toda la función el público permaneció descubierto.

Las mismas escenas se reprodujeron en los teatros del Príncipe y de la Cruz, donde también sus directores dieron una función en obsequio del Duque. De la infernal tramoya del Circo hablaremos en el siguiente capítulo.

Conociendo el Duque el empeño que había de comprometer a él y al pueblo que tanto le ama, determinó abandonar la Corte, para pasar a Logroño. Al efecto fue a despedirse de la Reina el día 3, saliendo de Madrid, de incógnito también y a hora desusada, el 4 de febrero a las 12 de la noche.

El 6 a las seis de la tarde entró el Duque en Logroño, donde fue recibido con el mismo o mayor entusiasmo que en el resto de España.