Hay lugares que se visitan y lugares que sin ser conocidos fueron el centro de todo. Sus calles, sus campos y sus monumentos son páginas dispersas de una obra escrita durante siglos por romanos, musulmanes, campesinos, artesanos, maestros, canteros, músicos y vecinos anónimos que fueron dejando su huella sobre la tierra.
El vídeo promocional preparado para Fitur es una invitación a recorrer esa historia, un viaje que comienza allí donde nacieron las primeras palabras de este pueblo.
En el inicio se alza la mirada sobre Oreto y Zuqueca, antigua ciudad cuyas piedras siguen dialogando con el cielo manchego. Junto a la ermita, el tiempo parece haberse detenido. Cada muro guarda el eco de generaciones que encontraron entre aquellos parajes un lugar donde rezar, comerciar, convivir y construir su futuro. Y allí Anabe recoge el legajo del futuro. Y desde allí, contemplando los restos de un pasado que se niega a desaparecer, se comprende que Granátula no puede explicarse sin Oreto, del mismo modo que un árbol no puede entenderse sin sus raíces.
El recorrido continúa por el valle del Jabalón. El río serpentea silencioso entre las tierras del Campo de Calatrava mientras el puente romano de Publio Baebio recuerda que, mucho antes que nosotros, otras gentes transitaron aquellos mismos caminos, y disfrutaron en su circo de nuestra tierra. Y también la amaron y se bautizaron en ella, como Aurelius Vicentus. La piedra permanece donde tantas vidas pasaron. Es uno de esos lugares donde la Historia deja de ser una palabra abstracta para convertirse en una presencia tangible.
Pero la verdadera historia de Granátula empezó incluso antes de los hombres. Mucho antes de que hubiera caminos, iglesias o plazas, la tierra ya estaba escribiendo su propio relato. El Museo Volcán Cerro Gordo nos conduce a ese remoto origen geológico que dio forma al paisaje: cerros y ollas, como en la que está enclavado el pueblo. Allí se descubre que bajo los campos, las viñas y los olivares permanece el recuerdo de un territorio que nació del fuego.
Después aparece el casco urbano, recogido y sereno. Casas encaladas, calles trazadas por generaciones y rincones que forman parte de la vida cotidiana de los vecinos. Es el corazón que late entre el pasado y el presente.
Y precisamente en ese presente aparecen unas manos pacientes haciendo ganchillo, que darán sobra al centro del pueblo. Las mujeres que trabajan con la aguja no solo elaboran labores artesanales; continúan una cadena de conocimientos transmitida de madres a hijas, de abuelas a nietas. En cada puntada hay más historia de la que cabe en muchos libros.
Muy cerca, las voces infantiles llenan el colegio público. La escena introduce un contraste hermoso. Después de recorrer siglos de historia, la cámara se detiene en quienes escribirán las páginas futuras. Porque un pueblo no vive únicamente de su patrimonio; vive también de su capacidad para educar, crecer y renovarse.
La fuente del Agua Agria surge entonces como otro símbolo identitario. Generaciones de granatuleños han acudido a ella. Sus aguas forman parte de la memoria colectiva, de las conversaciones familiares y de los recuerdos compartidos que constituyen el patrimonio invisible de cualquier localidad.
La gastronomía ocupa también su lugar en el recorrido. La elaboración del ciquitroque recuerda que la cultura de un pueblo no solo se conserva en los monumentos. También pervive en las recetas, en los sabores y en esos gestos cotidianos que convierten la cocina en una forma de memoria.
La plaza ofrece luego una lección silenciosa de historia local. El arco que sustentaba el antiguo puente de hierro del trenillo permanece como testigo de otro tiempo, cuando el progreso llegaba sobre raíles y conectaba pueblos y comarcas. Cada generación deja símbolos que la sobreviven, y ese arco es uno de ellos.
La iglesia de Santa Ana se alza después como referencia espiritual, artística y patrimonial. Sus muros han sido escenario de bautizos, bodas, despedidas y celebraciones durante siglos. Allí, bajo sus bóvedas, la comunidad se ha reunido una y otra vez para compartir los momentos más importantes de su existencia.
No es casual que sea precisamente en este espacio donde aparece Rondalla Oretana cantando y bailando. Su presencia representa algo más que una actuación. Simboliza una tradición viva, una cultura que no permanece encerrada en vitrinas ni archivos, sino que sigue emocionando, cantándose y transmitiéndose de generación en generación.
El viaje concluye regresando a Oreto. Allí, junto a la histórica pila bautismal, se devuelve el legado documental de Calatrava, para que continúe en el futuro. El gesto posee un profundo contenido simbólico. Después de recorrer paisajes, monumentos, tradiciones y costumbres, el relato termina donde comenzó: en la memoria. Una memoria que no solo debe admirarse, sino también conservarse.
Quizá esa sea la verdadera enseñanza que deja este vídeo. Granátula de Calatrava no es únicamente un destino turístico, un conjunto monumental o un hermoso pueblo manchego. Es una historia continua. Una historia que nació en las profundidades volcánicas de la tierra, atravesó épocas romanas y medievales, se enriqueció con las tradiciones de sus vecinos y hoy sigue escribiéndose cada mañana en sus calles. Y donde la Orden de Calatrava, tal y como lo atestigua Rades, tuvo su sede entre el abandono de Calatrava la Vieja, y su sede posterior en Calatrava la Nueva.
Quien visite Granátula encontrará patrimonio, naturaleza y cultura. Pero quien la mire con atención descubrirá algo más valioso todavía: un pueblo que ha sabido guardar su pasado sin renunciar a su futuro. Y esa, quizá, sea la mejor carta de presentación posible.
No he podido resistirme a hacer un guion del video, tal y como me ha evocado sus fotogramas. Un viaje distinto, novelesco a raíz de las imágenes.
