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Oreto y el diácono que nos obliga a mirar bajo nuestros pies

El hallazgo de la tumba de Aurelius Vincentius fue un recordatorio de que la historia de nuestra tierra sigue viva y que debemos tomarla en serio.

Hay descubrimientos que iluminan el pasado, y otros que iluminan el presente. La tumba del diácono Aurelius Vincentius, excavada en la necrópolis visigoda de Oretum, pertenece a la segunda categoría. No solo nos habla de un hombre del siglo VI, de su fe, de su comunidad y de su mundo; nos habla de nosotros, de lo que somos capaces de ver —y de lo que preferimos ignorar— cuando miramos la tierra que pisamos.

Porque bajo Granátula de Calatrava no hay solo estratos arqueológicos, sino que hay una identidad dormida.

En Granátula de Calatrava se encuentran los restos del obispado visigodo de Oreto. La lápida del obispo Amador, con silla en el Toledo, fue encontrada hace décadas. La historia de Granátula se extiende desde la época de los íberos, pasando por los romanos y el visigodo, antes de llegar a la época musulmana, contando como vestigio de esta época el que posiblemente es el Hamman más antiguo de toda la península ibérica, en cuya salida de agua intervino en el mausoleo del diácono enterrado en Oreto.

Un territorio que siempre fue más de lo que parecía

Durante décadas, la historia visigoda de esta comarca ha sido tratada como un pie de página. Un obispado aquí, una lápida allá, un topónimo que suena a remoto. Pero la aparición de la lauda sepulcral de Aurelius Vincentius, con su inscripción intacta y su mausoleo cuidadosamente construido, nos obliga a reconocer algo: Oretum no fue un lugar menor.

Y no lo fue ni en época visigoda… ni en época romana… ni en época islámica.

La inscripción hallada en el puente romano de Oreto, hoy conservada en el Ayuntamiento de Almagro, menciona explícitamente la existencia de un circo romano en la ciudad. Un circo. La infraestructura monumental que solo poseían las grandes urbes de Hispania. Ese dato, que debería haber cambiado para siempre la percepción del lugar, ha pasado durante años casi desapercibido.

Lápida que fue llevada a Almagro por el Comendador de Torrubia, y que está en la escalera del consistorio. Va siendo hora de que vuelva a Granátula de Calatrava, dejando atrás los tiempos en que unos territorios eran gobernados por otros.

Y como si eso no bastara, bajo el mismo enclave se conserva un hammam altomedieval cuya cronología lo sitúa —con toda probabilidad— entre los más antiguos de Europa. Un baño ritual, con su salida de agua aún visible, que demuestra la continuidad de ocupación del lugar desde época visigoda hasta el periodo islámico. Un testimonio único, excepcional, que en cualquier otro país sería motivo de orgullo nacional.

Pero aquí, demasiadas veces, lo tratamos como si no estuviera ahí.

La paradoja de la tierra que no miramos

Resulta paradójico que en un país obsesionado con la memoria histórica haya memorias que no reclamamos. Nos apasionan las grandes gestas, los reyes, las batallas, las catedrales. Pero cuando la historia se manifiesta en un pequeño municipio, en un cerro discreto, en una tumba humilde pero reveladora, la reacción suele ser tibia.

¿Por qué?

Quizá porque aceptar la importancia de Oretum implica aceptar que la historia no pertenece solo a las capitales, ni a los grandes museos, ni a los manuales escolares. Pertenece también a los pueblos, a los márgenes, a los lugares donde nadie mira.

Y eso exige responsabilidad.

Oreto en su conjunto nos dice que:

  • Granátula tiene un patrimonio excepcional, que no puede depender únicamente del entusiasmo de unos pocos investigadores.
  • La provincia de Ciudad Real posee un pasado más rico y complejo de lo que solemos admitir.
  • La identidad local no se construye solo con fiestas y tradiciones, sino también con la conciencia de lo que fuimos.
  • Bajo nuestros pies puede seguir oculto un circo romano, un obispado visigodo, un hammam altomedieval único en Europa y siglos de historia esperando ser contados.

Y, sobre todo, nos recuerda que la historia no se conserva sola. Se conserva con inversión, con planificación, con divulgación y con valentía.

En 2024 la Junta de Castilla-La Mancha confirmó que la declaración BIC del área de Oreto–Zuqueca se había quedado obsoleta debido a la magnitud de los restos exhumados en los últimos años:

  • necrópolis hispanorromana,
  • villa romana periurbana,
  • edificio paleocristiano,
  • necrópolis e iglesia visigoda,
  • estructuras andalusíes emirales y califales,
  • fortaleza altomedieval y priorato calatravo.

La administración propuso ampliar la protección a todo el conjunto de parcelas donde se han documentado restos interrelacionados con la romanización, el obispado visigodo de Oretum, la ciudad islámica de Urit y el priorato calatravo.

Un futuro que depende de que miremos hacia abajo

Hay que continuar trabajando para que todos los hallazgos continúen en un proyecto estable, en una ruta cultural, en un centro de interpretación, en una narrativa que conecte a la población con su pasado.

Ahora es el momento de no dejar que la historia se nos escape entre los dedos.

Oretum no puede seguir siendo un secreto a voces. Ni un tesoro enterrado. Ni un titular pasajero.

Oretum Germanorum no es un nombre arqueológico. Fue ciudad íbera, romana con circo, sede episcopal visigoda, enclave estratégico en la Antigüedad tardía y hogar de uno de los hammams más antiguos de Europa. Así desde los íberos, a  Oreto, Urit, Ossiria y a Zuqueca. Fue, durante siglos, un nodo de poder, de fe y de cultura en el corazón de la Meseta sur. Y, sin embargo, la hemos reducido a un topónimo, a un recuerdo borroso, a una nota al pie.

Quizá el verdadero mensaje de este lugar no sea arqueológico, sino moral: un territorio que olvida su historia se olvida a sí mismo y un territorio que la recupera, que la mira de frente, que la honra, se transforma.