Cruces 2021

En este año tan especial por el Covid, y dado que no he podido hacer las fotografías habituales de las Cruces y de la Santa Cruz, os dejo el video que ha elaborado el Ayuntamiento de Granátula de Calatrava.

Atascaburras

Otro plato típico de nuestra zona. Un plato calórico para los meses de frio. Otra receta más con el pescado de interior, con el bacalao desalado

Ingredientes:

  • 4 patatas rojas medianas
  • 4 huevos camperos
  • 60 gr de Nueces crudas
  • 1 lomo de bacalao desalado de 200 gr
  • 1 vaso de agua de cocer el bacalao
  • 1 diente de ajo 1 vaso de aceite de oliva.
  • Perejil picado

 

Las tardes de Sol y de Domingo

[Colaboración de Eulogio Carretero Bordallo]

(CRÓNICA DE LOS AÑOS 60)

En mi pueblo, que recuerde, no hubo nunca un lugar de encuentro y divertimento para los jóvenes. Recuerdo un cine cuando yo era pequeño: “El Cine Delicias”, que daba sus funciones los domingos por la tarde. Pero que éste también dejó de existir siendo todavía pequeño.

Después no hubo nada, nada, en mucho tiempo. Y el pueblo se fue haciendo cada vez más desierto, más vacío. Se fueron deshabitando las casas, las calles, las plazas… La maquinaria se puso en marcha y todo lo fue roturando, arroyando y demoliendo, poseyendo y desplazando, cambiando orígenes y costumbres. Los campos se fueron abandonando y la gente se fue yendo a otros lugares y otras ciudades. Todo fue sucediendo lentamente, muy lentamente en el tiempo, apenas sin darte cuenta. Eran los años 60.

Yo recuerdo haber visto algunas películas en el Cine Delicias, no muchas y siempre desde la parte de arriba: “el gallinero”. Lugar destinado para los más jóvenes y alborotadores. Ponían la cartelera dos o tres días antes del domingo, donde se representaban algunas escenas de la película con los actores que trabajaban. “Esta tiene que ser buena”, decíamos ilusionados y animándonos para la función. En su mayoría eran siempre películas del oeste, de John Wayne y de Cantinflas. En realidad eran las que más nos gustaban, en donde siempre terminaba ganando “el bueno” y casándose con la más guapa… Así eran aquellas películas de entonces. Y que hoy por hoy, no han cambiado en tanto. La gente terminábamos aplaudiendo al final. Su “The End”, en letras grandes, ocupando toda la pantalla.

A veces nos cortaban algunas escenas de la película y protestábamos, silbábamos y alborotábamos desde nuestras bancadas de madera. Eran escenas “indecentes” decían, y no aptas para menores. Con lo cual casi siempre nos quedábamos sin ver el final. El beso no apto e indecente de los protagonistas. Eran tiempos aquellos de represión y cinismo, en que cualquiera se creía con derecho a recortar y a censurar.

Estas normalmente iban acompañadas de un No-Do. En donde casi siempre se repetían las mismas imágenes todos los domingos. Eran noticias o reportajes en blanco y negro, de actualidad, y en donde siempre solía salir Franco en una de sus representaciones o actividades de caza, pesca o familiares… Con su original música del No-Do. La gente solía aplaudir al final, por norma. ¿Porque terminaba o porque empezaba la película? That is the question. Nunca lo supe.

En casa, recuerdo, teníamos también una radio sobre una repisa en la cocina. Yo no alcanzaba a ella, mi padre solía encenderla para escuchar algún noticiario durante las comidas: “El Parte”, solía llamarle. “Radio Nacional de España…” la única que se escuchaba algo mejor, que finalmente terminaba yéndose la emisora, haciendo ruido y apagándola.

Estas y así fueron, aquellas primeras imágenes y sonidos que me llegaron y que recuerdo aún de entonces, en aquel pueblito pequeño y deshabitándose de la Mancha. Después, como he dicho, cerraron el cine y no hubo nada, nada en mucho tiempo. Este periodo lo recuerdo como una gran ceguera… hasta llegar la televisión.

Pero en donde a pesar, supimos sobrevivir a la infancia, creando nuestras propias fantasías y nuestros propios personajes. Recuerdo circulaban, por entonces, algunos tebeos de: “El Capitán Trueno, El Jabato, Mortadelo, Zipi y Zape…” Estos fueron nuestros héroes de papel durante mucho tiempo. Y álbumes de cromos que coleccionábamos. Eran de El Cid, de la película con Charlton Geston y Sofía Loren en el papel de Jimena, y que salían en las tabletas del chocolate.

Estas y así fueron nuestras diversiones de pequeños. Todo dependía de un tebeo o un cromo, sin olvidar nuestros pequeños juegos de canicas, aros y peonzas. ¡Qué malo era yo tirando la peonza con la diestra. Con la zurda se me daba algo mejor, pero no tanto, perdía todas las chapas y los cromos!

Después llegó el gran invento de la TV, toda en blanco y negro. Con sus anuncios, sus películas y sus festivales de Eurovisión. Con personajes como Raphael, Julio Iglesias, Karina… Y se empezaron a escuchar músicas y grupos con sus canciones del verano. Eran Los Brincos, Los Bravos, Los Pekeniques, Mocedades… Y los grandes revolucionarios de la época, Los Beatles, cantando en inglés, que no sabíamos lo que decían, pero que nos gustaba escuchar su Yellow Submarine o su Yesterday.

Con aquellas canciones y aquellos Hippies extravagantes de pelo largo y pantalón campana, empezamos a ver y a despertar de aquella letanía en otra época. Por primera vez los americanos habían logrado poner los pies en la luna, (o al menos eso vimos por televisión). El Cordobés había saltado a los ruedos, y Pelé era el mejor jugador del mundo… Empezamos a comprender que había otras naciones, otros idiomas y otras culturas, y que no nos importaría imitar o copiar su aspecto e indumentaria con tal de parecernos y ser como ellos, incluso de aprender su idioma con tal de saber lo que decían aquellas canciones.

Eran discos de vinilo, que seleccionábamos en las máquinas del bar, echando unas monedas para poder escucharlos. Y que poco después terminamos poniendo directamente en el tocadiscos de casa o en aquellos guateques que hacíamos los días de fiesta en casa de los amigos. Después llegarían Joan Manuel Serrat con su Mediterráneo y sus poetas. Y Raimon y Paco Ibáñez con la canción protesta. Y los legendarios Bob Dylan, Joan Baez, el Blues y algunos clásicos, pero esto es otro tema.

Como decía, en nuestro pueblo no hubo nunca un lugar de encuentro y acercamiento entre los jóvenes. Al contrario, recuerdo ese gran distanciamiento, esa división entre sexos y clases sociales impartidos incluso en el colegio. Supongo que como en todas partes por aquel entonces, pero que en un pueblo pequeño como era Granátula la situación era mucho más extrema y acuciante. Triste y lamentable. Era la mentalidad de un pueblo o de una nación que había salido de una Guerra Civil y donde aún prevalecían las clases y los bandos: ricos o pobres, Rojos o Nacionales… (Y que hoy por hoy lamentablemente no ha cambiado en tanto).

Los bares y tabernas eran lugar de los mayores, encuentro de labradores y jornaleros después de la jornada de trabajo. En la plaza estaba el Casino de Miguelito, con un águila grande sobre el mostrador, las alas abiertas… El bar de Ambrosio ¡El Zorro!… Como cruzando sigiloso y astuto delante de todos nosotros, la cola erizada, bosquejando una tenue sonrisa enseñando los dientes, disecado sobre el televisor… Recuerdo las limonadas, las calabazas de cerveza con limón y algún otro añadido, dependiendo de la edad o del bolsillo. ¡Las mesas en la calle, los amigos los días de verano bajo un cielo de estrellas. El bar de León, el de Natalio…! Todos ellos fueron desapareciendo. La iglesia era lugar de beatos, generalmente mujeres con sus lutos enzarzadas en sus misas y sus rezos.

Yo recuerdo las tardes de sol y de domingo en invierno. Subir a los cerros era nuestro único divertimento, nuestro escape y lugar de encuentro. Nos conocíamos todas las peñas y lugares: La Cueva la Encantá, La Silla la Reina, Donde aró Cristo… Eran lugares conocidos por todos, nombres que habíamos ido aprendiendo generación tras generación. Los más atrevidos llegaban hasta el Molino de Viento, allá en la loma de otro cerro cercano. Allá se encontraba su ruina, con la piedra de molar redonda y partida por su mitad en el suelo. Desde aquí podías contemplar el pueblo: un cúmulo pequeño de casas, aplanadas en el paisaje. Alrededor todo era campo, campo verde, campo labrado a lo lejos… hasta llegar a las montañas azuladas y el cielo… Amplio, claro, inmenso sobre nosotros.

Divisabas la torre de la iglesia en el centro, las callejuelas, una maraña de casas y tejados en torno. Las escuelas, el cementerio, e incluso a lo lejos, tras buscar un momento desorientado, llegabas a divisar la ermita. El camino que conduce a ella, serpenteando, perderse y reaparecer, y en algún punto de su recorrido, entre viñedos y olivares resurgir el efímero platear del río. Era distraído, reconfortante, te podías quedar toda la tarde localizando lugares, pelando pipas, cacahueses, castañas… hasta caer la luz. Desdibujarse el paisaje.

¡Recuerdo de pequeño los campos floridos, los trigales verdes, los sembrados, las viñas ensarmentadas, los olivares… El paisaje enardecido y yo, con mi bicicleta pedaleando… ¡Qué grandeza de espacios, de colores, aromas y sensaciones… por los caminos. ¡Cuánta juventud. Cuánta vida. Cuánta alegría!!!

Recuerdo las tardes de sol y de recreo jugando al fútbol, el Cementerio Viejo, la Pedrera, las Eras, donde se trillaba y se aventaban las parvas en el estío. ¿Dónde fue todo aquello? ¡Cómo ha cambiado todo esto en tan corto tiempo! Cómo se ha desmoronado y destruido la memoria.

Qué armonioso y original me parecía el pueblo en otro tiempo, con sus eras en torno, empedradas. Qué buen parque se habría constituido. Hoy las casetas de la maquinaria han invadido y despropiado el terreno, borrando los vestigios de una costumbre pasada. Qué difícil es recordar todo esto como era. Qué difícil es recuperar todo esto como fue. Qué difícil es dar marcha atrás en el tiempo y volver… a poblarlo y reconstruirlo de nuevo. Como se pierde o no se sabe apreciar su verdadero encanto. ¡Cómo se puede destruir la memoria!

¿Dónde queda el recuerdo donde construir la infancia perdida? Qué diferente se ve después de los años, desde arriba y desde lejos, el pueblo. Es como un sueño. Basta solo cerrar los ojos… ¿Será esto la nostalgia, mirar al fondo de las cosas y no encontrar nada?

Otros seguían el curso del arroyo, por donde antes una senda llegaba hasta el pueblo cercano de Valenzuela. Una senda que se ha perdido, como se han perdido otras sendas, otros caminos y otras veredas. ¡Estos cerros de Búhos, zorros y conejos. De tomillos, esparragueras, y aulagas!… Otra meta a alcanzar era el cerro de los siete lugares, de formación volcánica, el punto más elevado de este entorno. Los días claros podían divisarse los pueblos de Valenzuela, Almagro, Bolaños, El Moral, Calzada, Aldea del Rey y Granátula. A la puesta de sol y con las primeras luces, era cuando mejor se localizaban estos poblados, y cuanto mas tarde incluso se apreciaban los resplandores de otras poblaciones más lejanas.

Allá y en torno a estos cerros y estos lugares, se nos fueron pasando las tardes de domingo y de infancia. Se nos fueron yendo del nido de las manos las alondras y los vencejos. Marcharse del lugar donde has nacido supone seguir habitando los santuarios de la memoria.

En verano, recuerdo, paseábamos las tardes, la calle entera arriba y abajo, sin fin hasta terminar el día. ¡Éramos jóvenes! Era toda nuestra diversión, toda nuestra alegría: ¡Los grillos ponían su acorde de sueño y melodía en la tarde. El aire impregnaba de aromas frescos y frutales… el campo sereno. Las estrellas brillantes surgían silenciosas e impensables rayando el cielo…! ¿Sigue siendo así, todavía? Sé que era algo así, pero ya no recuerdo… Han cambiado tantas cosas, tantas costumbres. El campo, el aire, el cielo. Nosotros los de entonces, somos los mismos? Todo es lo mismo y no es lo mismo.

¡Inexorablemente, cuánto tiempo ha pasado! Hoy creo que si algún aroma o colorido especial guardo o perdura en el recuerdo de mi infancia es debido a aquellos lugares por donde anduvimos. ¡Aquellas tardes de sol y de domingo!

Si alguna característica o valor especial tuvo o tenía aquel pueblo, fue por la cercanía de aquellos cerros, al calor y a la falda de donde crecimos. Hoy, cercados y vallados de alambre de espino, para agasajo de los dioses, las alimañas y los pájaros.

No sé por que causas o avatares de la vida a veces, las generaciones dejan de seguir y compartir las viejas tradiciones. Pierden las raíces. Se marchan… ¿Qué les queda? ¿Qué nos queda? That is the question… Olvido, destierro de la memoria. Así se terminan las costumbres, las culturas y los pueblos. Triste y lamentable. Así terminan las crónicas. (Podéis aplaudir. Es costumbre aplaudir al final, como en las viejas películas de los años 60). He terminado.

Saber que has nacido. Que has recorrido por un camino… que ya no existe. ¿Cómo regresar. Hacia dónde? Ya no recuerdo los vestigios, ni los señuelos que puse, por si un día, acaso… ya no recuerdo… Ya no sé regresar. ¿Cómo se puede llegar a borrar, destruir la memoria? Nos hemos perdido. ¿Quiénes somos. A dónde vamos. De dónde venimos?

 

+ R.I.P. 05 /02 /04 ES TA MOS EN LA ERA DE LA IN FOR MA

TI CA NO OL VI DAR TO DO SE PUE DE RE CU PE RAR

VIR TU AL MEN TE …

 

(Para incluir en Sinfonía de un Lugar: Apéndice Tercero.)

Eulogio Carretero Bordallo

La Vicalvarada, una revolución en la que incluyeron a Baldomero Espartero «sin comerlo ni beberlo»

El partido moderado llevaba gobernando diez años y se encontraba con un desgaste, propio del período de mandato y también por el liderazgo hasta entonces de Narváez. Dentro del partido moderado empezaron a «apuñalarse entre ellos».

Los progresistas vieron en las luchas entre los partidos moderados una forma de volver al poder. El partido demócrata, partido que se había escindido del progresista, hizo reivindicaciones revolucionarias tales como fueron el destronamiento de Isabel II, proclamación de la república y la unión de la península ibérica, España con Portugal. Me permito decir que la primera demanda jamás hubiera sido firmada por Espartero, por muy progresista que fuera su partido.

A todo esto había un profundo descontento en el ejército, quizás mejor dicho entre buena parte de los generales, también estaban en contra. Había un sordo descontento, entre otras cosas, por los nombramientos que hubo y el recorte del presupuesto realizado por Bravo Murillo.

En este caldo de cultivo, el 13 de enero de 1854 se presentó a la Reina una exposición, titulada «El Partido Liberal de España a la Reina constitucional». Este manifiesto estaba firmado por profesionales, propietarios y diputados. En el se presentaban quejas contra la política realizada de cierre y apertura arbitraría de las cortes, la inestabilidad de los gobiernos, el cierre de los periódicos y ataque a la libertad de prensa, la ineficacia de las cortes que no realizada su labor legislativa,  la retirada del proyecto del ferrocarril del senado y la corrupción generalizada. Exigían que los gobiernos respetaran la Constitución y los derechos de los españoles.

Hubo una revuelta fallida, que solo funcionó parcialmente en Zaragoza, que sirvió al gobierno de Sartorius para decretar el estado de sitio. En Barcelona hubo una revuelta obrera en la que se pedía la subida de salarios y la eliminación de las máquinas hiladoras que sustituía el trabajo manual, que fue sofocada con mano dura con la detención de 15 representantes de los trabajadores  que asaltaron una fábrica, siendo fusilados. Esto llevó a una huelga general que en un primer momento fue sofocada por el ejército, con cinco muertos y un centenar de heridos. La llama reivindicativa se enardeció aún más lo que llevó al gobierno a un cambio de la política, liberando a los detenidos y negociando con los obreros, comprometiéndose el Capital General de Cataluña a legalizar las asociaciones obreras.

Este fue el germen que llevó a la revolución en los meses de junio y julio de 1854. Hay quien ha querido ver en esta revuelta la mano progresista y a Espartero, nada más alejado de la realidad. Le revuelta realizada fue pergeñada por propios miembros del partido moderado contra su propio gobierno, siendo cierto que al final la revuelta consiguió aunar a partidos de un lado y otro del espectro político. O’Donnell y Serrano fueron los que iniciaron la Vicalvarada.

Los liberales moderados habían sufrido el desgaste del poder. En aquellos años el líder político era Narváez, persona de ideas fijas e intransigente (ya conocen aquello que dijo en el lecho de muerte a su confesor cuando este le dijo que tenía que perdonar a sus enemigos y este contestó que no tenía que  perdonar a nadie «puesto que los he matado a todos»). Fueron los propios miembros de su partido los que obligaron a Narváez a que se retirara. Las luchas intestinas dentro del partido moderado llevó a una sucesión de gobiernos débiles que caían cada vez con menos tiempo de vida.

Y así es como en 1854, con O’Donnell a la cabeza, proyectan y llevan a cabo una revolución. En Vicálvaro, antes pueblo de Madrid y hoy parte de la capital, se produjo el primer levantamiento, o dicho de otra forma un golpe de Estado, encabezado por el General O’Donnell (no les extrañe el apellido, ers tinerfeño de orígenes irlandeses). Leopoldo, así se llanaba, se creía en el derecho de derrocar gobiernos y expulsar del poder a los que, según su opinión, «abusaban del mismo». Otro gallo le hubiera cantado con Espartero al mando del gobierno, seguramente le hubieran hecho una sucesión de agujeros en su uniforme militar a la orden de disparen dada a un pelotón, tal y como hizo Baldomero con Diego de León después del levantamiento que pretendió apresar a la reina niña, a su hermana y al propio Baldomero. Quizás este fuera uno de los motivos por los que, diferencias de ideas a parte, ni Espartero ni O’Donnell se tragaban personalmente.

En un primer momento la revolución no prendió y O’Donnell se vio forzado a retirarse yendo hacia Andalucía. En este camino. en Manzanares (pueblo a 30 km de Granátula). se encontró con el General Serrano, de quien recibió el apoyo, y a otros miembros del partido Moderado. Se elaboró un manifiesto por en entonces joven Cánovas del Castillo, que fue la base reivindicativa de la Vicalvarada: La eliminación de la camarilla (que rodeaba tanto a los gobernantes como a la Reina Madre María Cristina y su marido Muñoz), el respeto a la Constitución, una nueva Ley Electoral, una Ley de Imprenta y de expresión, rebaja de impuestos, ascensos militares por méritos y antigüedad, autonomía nacional, la vuelta de la milicia nacional y la creación de juntas provinciales. Un texto que a simple vista podría haber sido elaborado por el partido Progresista, y que sin embargo salió del Moderado, ya que el objetivo era movilizar a los Liberales Progresistas sin cuyo apoyo no saldría la revolución.

El Manifiesto surte efecto y se produce el levantamiento de la gente. Las calles de las principales ciudades, Barcelona, Valencia, Madríd, Valladolid y Málaga son tomadas por los amotinados haciéndose con los poderes locales. La revolución se extendería en el mes de julio por todo el país, con cierta violencia y asaltos a los palacetes. Se le fue la mano a O’Donnell y Serrano convirtiéndose la revolución en una auténtica sublevación popular. El 16 de julio dimitió el gobierno de Sartorius, siendo reemplazado por el Ministro de Guerra Fernando Fernández de Córdova. El día 17 hubo un motín en Madrid asaltando las casas de Sartorius, Salamanca, María Cristina, y de Muñoz- El pueblo estaba harto de que se robase a manos llenas (si quieres leer más sobre la motivación de la Vicalvarada puedes leer mi artículo https://donoso.es/?p=1889) y consideraba a estas personas las causantes. El día 18 se incrementaron los manifestantes. Los demócratas entregarían armas a la gente tomando la Plaza Mayor y alrededores, organizando Juntas de Barrio.

Fernández de Córdova intervino y sacó el ejército a la calle, autorizando disparar contra los manifestantes. El 19 de julio fue sustituido Fernández de Cordova como Presidente por el Duque de Rivas volviendo Fernández a su puesto de Ministro de la Guerra. El 20 de  julio se creó la Junta de Salvación de Madrid, presidida por Evaristo San Miguel, intentando ser la voz única de todas las juntas de barrio que se habían creado. Se reunieron con Isabel II para tratar de apaciguar los ánimos nombrando a Evaristo San Miguel Capitán General de Castilla, Ministro de Guerra y de Estado provisional. El 26 de julio Evaristo e Isabel II acordaron nombrar a Espartero jefe de gobierno y a O’Donnell ministro de guerra. El partido moderado y la parte moderada del partido progresista aceptaron dicho acuerdo, pero la facción más de izquierda y el partido demócrata querían un gobierno de coalición.

A todo esto Espartero estaba retirado en Logroño después de volver del exilio. Fuera de la política veía las cosas que sucedían. La Reina Isabel II le hizo saber que le necesitaba a su lado para calmar la revolución, diciéndole “Nunca he olvidado los servicios que has prestado a mi persona y a mi país… Las circunstancias son difíciles… Necesito que vengas y que vengas pronto. Te espero con impaciencia”.

Espartero refunfuñando consigo mismo aceptó, y es que regañaba porque preguntado qué tal estaba en Madrid contestó:

— ¿Qué tal señor Duque?

— Aquí me tienen Vds., casi en prisión —contestó.

— ¿Pues no está V.E. bien?

— No, señores, no debería estar aquí; estoy perdiendo lo que ganaba en Logroño; no debía estar, no debía estar… pero otros ganarán lo que yo pierda. No pude hacerme sordo a las instancias de los amigos y al llamamiento de la Reina.

Espartero desconfió desde el primer momento. En sus adentros sabía que O’Donnell no le dejaría gobernar y que mas pronto que tarde las leyes que propusiera no serían dictadas. Para ver la realidad de la propuesta y antes de aceptar envió al general Allende Salazar para que preguntase a la soberana si aprobaba el programa basado en cortes constituyentes y aceptación de la voluntad nacional, además de trasladarse que con su vida personal podía hacer lo que quisiera, pero debía ser mas cuidadosa manteniéndola de forma privada.

Admitido el programa por la corona, el día 27 salió hacia Madrid, siendo recibido en Madrid el día 29 de julio  como si fuera un día de fiesta; el Ayuntamiento, la Junta, el pueblo entero, salieron a la calle a recibir, entrando en medio de arcos triunfales, flores, palomas y una multitud entusiasmada.

La revolución entró en una nueva fase con O’Donnell dirigiéndola, ya que como pudo comprobarse Espartero iba de acompañante sin por supuesto hacérselo saber. Se trataba de normalizar la revolución consolidando un Gobierno y a la vez detener la actividad de las juntas. Se configuró un Gobierno de concentración que intentó aglutinar a liberales, progresistas y moderados; y a la vez se convocaron cortes constituyentes.

El título de «sin comerlo ni beberlo», quiere expresar que Espartero no inicio la Vicalvarada y no tuvo nada que ver. Si es cierto que en el levantamiento y creación de la Junta en Zaragoza, contó con la presencia de Baldomero, presentándose el 18 de julio. Allí recibió las visitas de los delegados de muchas provincias incluyendo la madrileña. Lo más importante de la Junta es el programa que elaboró, con la idea subyacente en todo el documento de libertad frente a la de orden de los moderados. Antes de partir hacia Zaragoza Espartero dirigió la siguiente proclama a los riojanos: “Me separo de Logroño, mi pueblo adoptivo, porque la patria y su libertad reclaman mi presencia en la invicta Zaragoza. Me llevo el grato recuerdo de siete años en que he sido vuestro conciudadano. Un sólo encargo os dejo: Obedeced a la patriótica junta que ha sido instalada en este día, respectad sus disposiciones y conservad el orden, garantía segura del triunfo«.

Y hasta aquí la Vicalvarada, que dejaría paso al Bienio Progresista, que es «harina de otro costal» y que os contaré en otro artículo y que también podéis leer en mi libro (que podéis conseguir si no lo tenéis aqui):

 

Contando la Vicalvarada de otra forma

Después de que Espartero tuviera que exiliarse para no forzar una guerra civil nuevamente en España, la vuelta de María Cristina con su hija Isabel II, había supuesto la vuelta de los negocios algo más que turbios, aunque no era, ni mucho menos, la única y sino pregunten por los negocios de Serrano y Salamanca por ejemplo. La viuda de Fernando VII, en su nuevo matrimonio morganático con Fernando Muñoz (el que le prestó un pañuelo después de sangrar por la nariz al recibir un golpe en el carruaje a María Cristina y quien respondió a la galantería teniendo hijos con él incluso cuando era regente y debía permanecer viuda para serlo), jugaba a la Bolsa con información privilegiada y cobraba comisiones por las concesiones del ferrocarril y otras obras públicas.

España estaba en los albores de la revolución industrial, y el nombre de María Cristina era, en aquel tiempo, sinónimo de tráfico de influencias, de información privilegiada, de cobro de comisiones de todo tipo y más en los contratos de abastecimiento a las tropas y al Estado.

Alcanzo tanta impopularidad que el palacio de las Rejas, que se llamaba así porque estaba justo en la esquina de esta calle (ahora se llama Plaza de la Marina Española, muy cerca del Senado), que era donde vivía, desde donde intrigaba y hacía las corruptelas en el que ella residía, fue atacado el 17 de julio de 1854. La Revolución de 1854, conocida como la Vilcalvarada, iniciada por Leopoldo O’Donnell en el pueblo que le da nombre al ser el sitio donde se enfrentaron las tropas, estalló y una multitud asaltó el palacio de María Cristina, barriendo con todo lo que encontraron a su paso. Cánovas del Castillo redactó entonces un manifiesto en el que pidió que el trono perviviera, «pero sin camarilla que lo deshonre».

María Cristina huyó al palacio de Oriente. Isabel II  estaba al borde de su caída. Para evitarlo llamó al General Espartero, quien estaba retirado en Logroño, y quien fue a regañadientes. La reina no es que fuera fan del militar y más cuando le advirtió que el podía apaciguar las calles pero previamente ella debía arreglar sus asuntos privados.

Isabel se había casado con su primo D. Francisco de Asís de Borbón, quién nunca le daría hijos por dos motivos: el problema de hipospadias que lo hacía imposible en aquella época y porque realmente lo que compartían entre los dos eran los amantes. La reina Isabel II lo sorteo con una retahíla de mancebos, y pagando un millón de reales a su marido por el reconocimiento de los hijos que fueron naciendo.

D. Baldomero Espartero aceptó entrar en Madrid el 28 de julio para limpiar los salones del poder de los mangantes más notorios, y con tres condiciones: Cortes Constituyentes para elaborar una real parecida a La Pepa, que se juzgase a María Cristina por malversación y que se hiciera un manifiesto reconociendo los errores. María Cristina partió para Francia.

Desde el primer momento Espartero sabía que a la menor oportunidad no le dejarían gobernar, que sus leyes no serían sancionadas, y en particular las que se encontrasen con los intereses de O’Donnell como en el caso, así lo afirmaron los informes británicos indicando que Leopoldo había acumulado un gran capital dejándose sobornar por los negreros a razón de tres onzas de oro por negro boca introducido a través del comercio clandestino. Espartero estuvo en lo cierto, sólo le llamaron por su prestigio con el pueblo, para calmar las calles, siendo desde el principio el objetivo que O’Donnell fuera el que controlase todo. Baldomero dimitió y dijo a la reina Isabel «Cuando la revolución vuelva a llamar a su puerta, no se acuerde de mi persona».

La llegada de Espartero supuso el exilio definitivo de María Cristina, quien ya había tenido que abandonar España unos años antes. Ocurrió en 1840, cuando siendo oficialmente la reina regente (Isabel era una niña) se desplazó a Barcelona «con el pretexto de tomar las aguas de Caldas, y para ello llevaba dentro de su Comitiva a la Duquesa de la Victoria, la mujer de Espartero, Dª Jacinta. Su verdadero propósito era entrevistarse con Baldomero, reciente vencedor de la Primera Guerra Carlista, tratando de hacerle partícipe de la importancia de la Ley de Ayuntamientos, retirando las competencias que durante la contienda; pero los liberales se oponían y el país estaba a las puertas de un enfrentamiento político.

La Reina Regente espetó a Baldomero que como militar aceptaba sus consejos pero no en el plano político cuando este le dijo que no sancionase la Ley. A cambió recibió la orden de apaciguar la revuelta poniéndose al frente de las tropas cosa que no hizo, presentando la dimensión y renuncia a todos sus cargos y títulos. La reina firmó por despecho la Ley haciendo oídos sordos a la solicitud de Baldomero y más después de la calurosa acogida que el pueblo de Barcelona le había dispensado al General.

La gente aclamó a Espartero a la vez que amenazó de muerte a María Cristina y a sus ministros. A esta no le quedó más remedio que pedir ayuda al general, quién puso la condición de que retirase la ley municipal. Al final se levantó Madrid donde hubo hasta muertos. Espartero fue llamado a formar un nuevo gabinete, pero la crisis no se cerró.  Espartero solicitó, dicen que de rodillas -yo no lo creo- cuando María Cristina le comunicó su renuncia que no lo hiciera, apelando a sus dos hijas. La respuesta fue «Me voy tranquila pues las dejo contigo».

María Cristina recogió todo lo que estuvo a su alcance: dinero, joyas, plata, oro, vamos que dicen que no dejó ni seis cucharas en palacio y se llevó hasta las sábanas. Y ya en Francia se dispuso a arreglar su matrimonio morganático y las relaciones con el Papa, y así viajó a Roma para pedir al papa Gregorio XVI perdón, renegando de las leyes que había firmado contra la iglesia. Los muñoces, como se conocieron a los hijos de ambos, pasaron a ser reconocidos, y a disfrutar de la fortuna que habían sustraído a los españoles.

El primer gobierno de la Regencia de Baldomero Espartero

Continuando con la historia del granatuleño más importante, incluyo lo que sucedió durante el primer gobierno de su Regencia.

Un gobierno que empezó de forma difícil. Lo lógico hubiera sido que Argüelles hubiera sido el primer ministro, pero este se negó a pesar de ser el presidente del partido con más representantes, el progresista. Espartero recurrió a un amigo suyo, con quien estuvo en Perú, González González, marqués de Valdeterrazo, lo que hizo que no tuviera el apoyo de un partido político. Su gobierno duró un año, de mayo a mayo de 1841 a 1842.

Durante su gobierno se plantearon medidas racionalizadoras recortando el gasto público, se impulso la desamortización eclesiástica, se suprimieron diezmos y se abolieron los mayorazgos.

Se continuaron con las políticas progresistas de Mendizábal y de Calatrava. Se ampliaron las medidas desamortización, incluyendo las posesiones de las parroquias y los bienes de los cabildos de las catedrales. Reestableció la ley de imprenta. Abolió el régimen foral navarro, si bien mantenían las ventajas fiscales. Se suprimieron las aduanas interiores. Se establecieron juzgados de primera instancia. Sobre las relaciones con Roma os invito a leer mi articulo sobre la Fricción con la Santa Sede, pero «como era posible que el clero tuviera que jurar fidelidad al gobierno».

La ley de libertad del comercio dividió a los españoles en dos bandos: Los proteccionistas (catalanes) y los librecambistas (andaluces y madrileños).

Un montón de medidas que tenían muchos opositores. Espartero estaba impulsando un cambio en España para el que las clases políticas, civiles, religiosas, forales, no estaban dispuestas.

Hubo conspiraciones. Diego de León organizó un pronunciamiento desde el exilio con el apoyo de María Cristina, O’Donnell y apoyo de Martínez de la Rosa. El objetivo era secuestrar a Isabel II y a su hermana, apoderarse de Espartero. María Cristina volvería como Regente. Baldomero Espartero una vez conocida la trama fusiló a los levantados, con Diego de León a la cabeza y abolió los fueros vascos.

No sentó bien en el ejército que se fusilase a quien se levantaba en armas ya que fue la primera vez que se castigaba así a los sublevados. Apelaron a la clemencia de Espartero y a la amistad con Diego de León, incluso la propia reina solicitó a Espartero que le perdonase. Si hay algo que jamás Espartero concebía era la traición.

En cortes hubo una moción de censura contra Baldomero, quien llamó a congreso y senado para consensuar un nuevo presidente de Gobierno, saliendo elegido Rodil.

El levantamiento de Barcelona, de las juntas provinciales llevó a Espartero a declarar el estado de sitio. El bombardeo de Barcelona fue el detonante para la caída del gobierno.

 

Fricción en la Regencia de Baldomero Espartero con la Santa Sede

Como lo prometido es deuda os dejo este artículo sobre las vicisitudes que tuvo Espartero en su Regencia con la Santa Sede. Ya empezó la regencia de forma convulsa, con González González, marqués de Valdeterrazo, conjuntamente con Salustiano Olózaga y Vicente Sancho, intentando formar gobierno, y los propios de la corriente del partido progresistas, aquellos de la regencia trina, se pusieron en contra de las personas para formar gobierno (me recuerda a aquella frase de «al suelo que vienen los míos»), mientras María Cristina movía hilos contra la Regencia. Pero esto será cuestión de verlo en otro capítulo.

Desde la Pepa, cuando Espartero mamó de primera mano las ideas de los liberales de Cádiz, una vez llegado a Regente acomete que la soberanía y poder estuviera en manos del Congreso, de la Reina y del pueblo, y así pone en marcha políticas tendentes a la reducción de la legislación eclesiástica a lo mínimo imprescindible, habida cuenta de que, a principios del siglo XIX, esta institución gozaba de una importante presencia tanto en lo privado como en lo público. Desde la Jefatura del Estado el general Espartero procedió a redefinir las relaciones con la Iglesia que se habían establecido durante el sistema del Estatuto Real de 1834.

En primer lugar, procedió a exiliar a todos los obispos y curas que se resistían a la intromisión del Gobierno en cuestiones eclesiásticas. El Gobierno progresista trató de controlar a la Iglesia, siguiendo la tradición de la Constitución de 1812, pese al artículo 11 de la Constitución de 1837, entonces vigente. También procedió a cerrar el Tribunal de la Rota, puesto que significaba la existencia de una legislación separada de la general del resto de los españoles.

Como consecuencia de todo ello, el papa Gregorio XVI se opuso a todas estas medidas. A raíz de la respuesta del papa, el gobierno de Espartero reaccionó amenazando con separar la Iglesia española de Roma, controlándola, de una forma similar a lo que hizo Enrique VIII de Inglaterra en el siglo XVI. Así pues, el ministro de Justicia, José Alonso, presentó ante las Cortes dos proyectos de ley con fechas del 31 de julio de 1841 y 20 de enero de 1842, por los que se abolía la jurisdicción eclesiástica y se rompían relaciones con la Santa Sede, pero no se llegó a nada, porque no dejaron que Espartero pusiera en marcha estas medidas, cayendo gobiernos, hasta que le hicieron caer de la Regencia y tuvo que exiliarse.

Reproduzco ahora parte de lo que sucedió en aquellos días.

El caso es que fueron muchas las leyes que se reformaron en la época. Una de las más importantes fue sobre vinculaciones y capellanías colectivas sancionadas por el Regente el 19 de agosto de 1841, terminando lo que se había empezado con la Constitución de 1820.

Detrás estaba el espíritu de desarraigar abusos sostenidos hasta entonces, no por la justicia sino por el espíritu de gastadas instituciones, el 2 de septiembre el Regente sancionó la ley que declaraba propiedad del Estado y decretaba la enajenación de todos los bienes del clero secular. A la par reformaba el ejército y por decreto, un poco antes, el 3 de agosto, quedó extinguido el cuerpo de guardias de la Real Persona, reemplazándoles por el de alabarderos totalmente reorganizados.

Muchas fueron las disposiciones que tomó el gobierno en cortes y se consiguió el ahorro en el presupuesto de 1841 se observó un ahorro de doscientos millones de reales. (Personalmente una satisfacción que haya políticos que en lugar de arrasar con impuestos a los ciudadanos -y no se engañen, para ingresar más hay que meter la mano en los bolsillos de la clase media y baja-, se planteen la reforma del gasto público destinándolo a lo prioritario para la sociedad).

Volviendo al tema que nos ocupaba, con fecha 5 de noviembre, D. José Ramírez de Arellano, nuncio apostólico en España, dirigió una comunicación al ministro de Estado con el objeto de que hiciera observar a la Regencia «provisional» que estaba supeditada la administración de justicia por haber suspendido la junta de Madrid a tres jueces del tribunal de Rota, al abreviador y al fiscal que lo era el mismo Sr. de Arellano. Y apoyándose en que el referido tribunal existía desde 1771 por el breve otorgado por Clemente X, siendo por lo tanto sus jueces de nombramiento apostólico y no real, esperaba que se levantase aquella suspensión.

Condolíase de las medidas tomadas por algunas juntas deponiendo de sus destinos a varios ministros del santuario, concluyendo con estas palabras: «No ignora V.E. que se ha tomado un camino intransitable del que los hombres verdaderamente católicos están persuadidos que la Regencia se separará, librando a fieles del cisma en que indefectiblemente se caería si se intentase que se caminase por él; porque los beneficios todos que están conferidos con título perpetuo por medio de la colación que se dio a los agraciados, no pueden ser suspensos sino por sus legítimos obispos y con formación de causa; sin que mientras vivan, no mediando esta, puedan recibir otra misión alguna legítima».

Hubo más dimes y diretes con la Iglesia, como el que sucedió en Málaga con el nombramiento del obispo, y del que el nuncio dijo: «estar encausado mediante la denuncia de ciertas proposiciones emitidas en actos judiciales sospechosos de herejía,…»

Visto lo visto la Regencia hizo un decreto en los siguientes términos (en términos coloquiales le dio un punta pie en semejante parte del nuncio hasta perder el zapato en tal sitio):

Atendiendo a los sólidos fundamentos de la consulta del supremo tribunal de Justicia, del 26 del actual, la Regencia provisional del Reino a nombre y en la menor edad de S. M. la Reina Doña Isabel II, viene a decretar:

  1. Se declara insubsistente, y en caso necesario se revoca, el asentimiento regio para que D. José Ramírez de Arellano despache los negocios de la nunciatura apostólica en estos reinos.
  2. Cesara inmediatamente este sujeto en la vice gerencia, y se declara que aunque hubiese tenido una personalidad legal, no se reconocería en él derecho de oficiar al gobierno en los términos que lo hizo por sus comunicaciones.
  3. Se aprueba en todas sus partes el dictamen del referido tribunal supremo de Justicia en lo relativo a la orden comunicada por el ministerio de Gracia y Justicia en 1º de citado mes, y a lo demás concerniente al asunto del reverendo obispo de Málaga, D. Valentín Ortigosa, con las prevenciones y protestas que propone dicho tribunal.
  4. Se procederá a cerrar la nunciatura y se dispondrá que cese el tribunal de Rota, poniéndole en segura custodia todos sus papeles, archivos y efectos; y recogiéndose los breves de 11 y 14 de marzo de 1839 que conferían ciertas facultades al Ramírez de Arellano, en las cuales cesa, pero sin que por ello se cause perjuicio a los actos ya consumados en favor de terceros.
  5. El tribunal supremo de Justicia, previa la instrucción del oportuno expediente, consultará lo que se le ofrezca y parezca para que ninguno de los negocios pertenecientes al tribual de Rota sufra retraso, ni falten a los españoles las gracias que concedían los muy reverendos nuncios, y por los citados breves Ramírez de Arellano, sin necesidad de acudir a Roma, lo que evacuará el tribunal supremo como lo requiere la urgencia e importancia del asunto.
  6. Se procederá sin dilación a extrañar de estos reinos al D. José Ramírez de Arellano, ocupando y reteniendo sus rentas eclesiásticas, los sueldos y obvenciones que reciba del Estado, y cualquiera otras temporalidades que le correspondan como eclesiástico; pero sin comprender en la ocupación sus bienes propios, patrimoniales o adquiridos por otro título, de cualquiera clase que sean.

Tendreislo entendido, y dispondréis lo necesario a su cumplimiento = El Duque de la Victoria, presidente = Palacio a 29 de diciembre de 1840 = A D. Joaquín María Ferrer.

 

Sobre el juramento de Regente de Baldomero Espartero

Y a la vista de que se están publicando por aquí y por allá algunas cosas sobre Espartero, quiero dejaros en mi página el juramento que hizo Espartero como Regente del Reino ante la minoría de edad de Isabel II. Aprovechando además que acabo de colgar la copia del cuadro que existe sobre este momento en el Museo del Romanticismo, me permito la licencia de poner en negrita algunas frases que me parecen importantes.

Otro día os dejaré los dimes y diretes del gobierno de Espartero y de él como Regente con la Santa Sede, por la declaración de bienes del Estado de los bienes del clero secular y la supresión de la pretensión del nuncio apostólico en España de que la Regencia estuviera supeditada a la administración de justicia por la supresión de tres jueces el tribunal de Rota, que según la iglesia su nombramiento era apostólico y no real.

[Juan Jesús Donoso Azañón]

El 10 de mayo a la una de la tarde fue el día y la hora designada para el solemne juramento que Espartero debía prestar ante la representación nacional. Al presentarse el Duque de la Victoria en el Congreso, D. Agustín Argüelles le exigió el juramento bajo la fórmula siguiente:

«¿Juráis por Dios y por todos los Santos Evangelios que guardaréis y haréis guardar la Constitución de la monarquía española de 1837, y las leyes del reino, no mirando en cuanto hiciereis sino al bien y provecho de la nación, y que seréis fiel a la augusta Reina de las Españas doña Isabel II, entregándola el mando del Reino tan luego como salga de la minoría?»

Entonces, el Duque de la Victoria, puesta la mano sobre el libro de los Evangelios contestó con voz firme y penetrante: «Si, juro; y si en lo que he jurado o parte de ello lo contrario hiciere no debo ser obedecido, antes aquello en que contraviniere sea nulo y de ningún valor«. Un aplauso general y unánimes vítores salieron de todos los ángulos del Congreso. El presidente repuso: «Si así lo hiciereis, Dios os lo premie, sino os lo demande». Cuando el Regente del Reino y los señores senadores y diputados hubieron tomado asiento, el presidente añadió: «Las Cortes han presenciado el juramento que el Regente acaba de prestar a la Constitución de la monarquía española y a las leyes del reino y de fidelidad a la Reina.»

A poco Espartero dirigió a la representación nacional el discurso siguiente:

«Señores Senadores y Diputados:

La vida de todo ciudadano pertenece a su patria. El pueblo español quiere que continúe consagrándole la mía, yo me someto a su voluntad.

Al darme esta nueva muestra de su confianza, me impone nuevamente el deber de conservar sus leyes, la Constitución del Estado y el trono de una niña huérfana, de la segunda Isabel.

Con la confianza y voluntad de los pueblos, con los esfuerzos de los cuerpos colegisladores con los de un ministerio responsable digno de la nación, y con los de todas las autoridades unidos a los míos, la libertad, la independencia, el orden público y la prosperidad nacional estarán al abrigo de los caprichos de la suerte y de la incertidumbre del porvenir. El pueblo español será tan feliz como merece serlo, y yo contento entonces veré llegar mi última hora de mi vida sin inquietud sobre la opinión de las generaciones futuras.

En campaña siempre se me ha visto como el primer soldado del ejército pronto a sacrificar mi vida por la patria. Hoy como primer magistrado jamás perderé de vista que el menosprecio de las leyes y la alteración del orden social, son siempre el resultado de la debilidad y de la incertidumbre de los gobiernos. Señores senadores y diputados, contad siempre conmigo para sostener todos los actos inherentes al gobierno representativo. yo cuento con que los representantes de la nación serán también los consejeros del trono constitucional, en el cual descansan la gloria y la prosperidad de la patria.»

El señor presidente del Congreso contestó:

«Las Cortes han oído el señor Regente del Reino ha expuesto y sometido a su alta consideración, y se complacen en los sentimientos que animan la fidelidad, de amor y de respeto a S.M. la reina doña Isabel II. Asimismo confían en su firme resolución de defender el trono y las libertades patrias, de que son ilustre testimonio sus eminentes servicios a la nación, y que observará fielmente y hará obedecer y cumplir a todos la Constitución de la monarquía conforme en ello al juramento que acaba de prestar solemnemente en presencia de esta augusta asamblea, con lo que coronará sus glorias y corresponderá así a la expectación pública.»

Extraído de «Vida militar y política de Espartero, escrita en vista de cuantas se han publicado hasta el día». Por Alejandro Candeñosa y J. de Torá.

 

Caldopatata con chorizo de orza

Otra receta gracias a la amabilidad de los visitantes de la página.

Caldopatata con Chorizo de Orza

Ingredientes:
* Patatas cortadas en rodajas de 1 cm aproximadamente.
* Sofrito de tomate, pimiento rojo, cebolla (opcional)y una cabeza de ajos entera (dientes de ajos pero con la piel).
* Chorizos de orza.
* Un poco de «bacalao salao desmigao», muy poco, es solo para dar sabor.
* Una pizca de pimentón dulce.
* 1 hoja de laurel.

Preparación:
Se hace un sofrito, cuando este hecho se hechan los chorizos cortados en trozos y se frien un poco (hasta que suelten la pringue), se añade el laurel, después se echan las patatas y se dejan que se frian otro poquito.

Entonces echamos una pizca de pimentón y rápidamente echamos el agua para que no se queme, en este momento le añadimos unas migas de bacalao previamente lavado. No debe ponerse mucha agua, solo cubrir las patatas, para que se quede un caldo espeso. Se deja cocer hasta que las patatas estén para comer.

Nota: Si no tenéis chorizo de orza, lo freís más y luego echáis más pimentón.

Gracias Antonia por enviarnos esta receta (Antonia Zamora Oviedo, manchega de Quintanar de la Órden).

 

Devoción a Baldomero Espartero en el siglo XIX

San Baldomero, una festividad que se celebraba por decisión del pueblo. Os dejo este artículo sobre la «devoción» que tenía el pueblo español, y en particular el Catalán, por Espartero. Una visión diferente de la que actualmente se quiere dar desde el independentismo catalán de la figura de Joaquín Baldomero.

 

Algunas imágenes sobre Baldomero Espartero

Botiquín de campaña de Espartero. museo militar de Toledo

Grabados y pinturas sobre el Abrazo de Vergara

La cuádruple alianza que facilitó el Abrazo de Vergara

Juramento del General Espartero. Museo del Romanticismo

Cúmplase la voluntad nacional. Museo de la Historia de Madrid


Homenaje al General Espartero. Se recoge la fecha y lugar de nacimiento en Granátula. Museo Del Prado.

Historia de Espartero. Aleluya. Estampa con viñetas.

Propuesta de levantamiento de un monumento en el lugar del abrazo.

La carpintería de Rafael

Hoy os dejo esta publicación de Eulogio. Quien me conoce sabe que mis abuelos vivían en la calle Almagro, y que Rafael tenía allí la carpintería en la que había trabajado toda la vida con la familia. Que recuerdos, sentarte en el banco alargado que estaba justo en la puerta, y mientras Rafael convertía la madera en cosas útiles, se pasaba el tiempo, con la conversación que siempre mantenía con las personas que allí estábamos. En memoria de Rafael, allí donde esté. Juan Jesús Donoso Azañón.

[Colaboración de Eulogio Carretero Bordallo]

Aquí hoy, tan lejos en este cuarto, tan oscuro, tan apagado, tan en silencio. No hay nada que distraiga mi atención. Nada que perturbe el recuerdo. Echo tanto de menos a algunas personas, y, ya van siendo bastantes… Cierro los ojos: Veo un campo amplio, dorado de sol, amarillento; trigales, viñedos, olivares. ¡El cielo luminoso! El pueblo pequeñito ahí inmerso, emergente como de un sueño; en el mismo lado como siempre que aparece tras las montañas yendo por la carretera de Almagro: Un cúmulo de casas aplanadas en el paisaje, en medio del campo, bajo el inmenso cielo. Las montañas en torno grisáceas, terrosas, verdosas, azuladas al fondo…

Y te vas acercando, siguiendo la carretera que conduce a él, y empiezan a tomar volumen sus casas. A erigirse la iglesia por encima de los tejados: ¡la torre alta, el campanario! Hasta entrar en la calle, con ruido estruendoso de nuestro vehículo. Las paredes blancas se levantan a ambos lados: Puertas, puertas, ventanas, árboles, todo va pasando rodado tras los cristales, arriates de plantas, flores, enredaderas. Y al frente, sobre un podio en una plazoleta, la figura ecuestre del General Espartero.

Estamos en Granátula. Pero detengámonos un momento (dejemos nuestro auto), vayamos más despacio. Tenemos la sensación de haber pasado desapercibidos, de haber entrado demasiado deprisa y de no haber visto a nadie en la calle: Las puertas cerradas, las persianas caídas de las ventanas, los visillos echados. ¿No hay nadie en este pueblo?, nos preguntaremos de momento. Es un pueblo pequeño de La Mancha, deshabitándose, como tantos otros de España; que empezó a sufrir su abandono y la migración de sus pobladores hacia las grandes ciudades… Son esas revueltas de la vida, como se suele decir por aquí; siempre con la esperanza y el sueño de una vida mejor. Pero qué voy a decir yo que fui uno de ellos, uno de tantos que dejó este pueblo a mediados de los setenta, pero que aún sigo viniendo de cuando en cuando. Las raíces siguen estando, no tan profundas porque cada vez te van atando menos vínculos pero, sigue habiendo algún nutriente todavía que nos conforta, sigo viniendo…

Por fin alguien se asoma a la puerta, como si hubiese intuido nuestra presencia en la calle. Pero no, no puede vernos, nosotros tampoco somos nadie. Somos memoria, recuerdo, transparencia, espíritu quizás de otro tiempo. Y tras un momento de mirar a un lado y a otro ha vuelto a ocultarse: ¡No, no hay nadie en la calle! Pero, acerquémonos un instante y curioseemos un poco a ver que hace este señor: ¡Ahí está Rafael! sobre el banco, con el lapicero tras de la oreja y el mandil de virutas; la máquina aserradora, las herramientas, los tablones…

Rafael el carpintero: Sobre el banco de madera, una silla tumbada, el asiento de anea bien tejido, los palillos torneados; tiene formas y apariencia de ser antigua, trabajada a mano. Una originalidad poco usual en estos días; una reliquia de otro tiempo y un recuerdo. Hay mobiliarios antiguos que aún se conservan, que aún se restauran: mesas, sillas, armarios, cabeceros, mesitas, aparadores, cómodas, baúles…, y que van pasando de padres a hijos, sorteando el paso de los años. Rafael es un especialista en estas composturas.

Rafael, un palillo en las manos, torneado, nuevo, con las mismas características que el resto de la silla, untándolo de cola blanca en los extremos va a ensamblarlo en los orificios de la silla, entre los palos largueros de las patas. Con un poco de maña, abriendo, cerrando. Ya está. Colocado. ¡Es un maestro! Coge un gato y lo sujeta de lado a lado, dando vueltas al usillo, apretándolo. La cola blanca asoma por los extremos; va a gotear pero no la deja caer, no le da tiempo, Rafael atento con la espatulilla en la mano, de un acto mecánico la rebaña y la devuelve de nuevo al bote de la cola, tapándola. Levanta la silla del banco y la lleva a un extremo de la carpintería. Terminada, a esperar que seque. Luego le quitará el gato y como nueva, reparada y dispuesta para poder sentarse en ella. Vendrá después la vecina preguntando por su silla y pagará a Rafael su trabajo.

O bien, cogerá este buen carpintero, como es su costumbre y con la silla al hombro en la bicicleta se la acercará a su casa: “Aquí le devuelvo la silla, preparada y dispuesta para aguantar otra temporada –le dirá y seguirá argumentando–, aunque ya va estando un poco desvencijada y habrá que ir pensando en hacer una nueva; aunque eso es igual que todo, pero nunca se sabe, quizás dure más que nosotros; con el tiempo son cosas que tienen que venir a suceder, aunque no se quiera, a ver si no, para qué íbamos a estar nosotros aquí…” Preguntará su dueño el coste y, tras decirle la valía Rafael seguirá con su plática deliberando: “No, pero si no tiene, déjelo, no se apure ya me lo dará usted otro día”, y Rafael seguirá hablando y hablando, refiriendo una serie de juicios y altercados; Rafael nunca se calla, siempre tiene palabras y más palabras: “Aunque este año no sé como vamos a remediar esto, con esta sequía y sin una gota de agua en todo el invierno, aquí nada más que sol y sol, no hay un termino medio; luego vendrá una tormenta cuando menos lo esperes y se lo llevará todo. ¡Qué desgracia!, mira lo que está pasando por ahí, esto no hay quien lo comprenda, ¡qué desastre!, y nosotros sin poder hacer nada por evitarlo…”

Así es Rafael. Pero sigamos un poquito más en la carpintería, quizás podamos aprender algo más de este oficio artesano: Sobre el banco ahora ha colocado un armarito. Tiene la trasera rota. Ha desplegado su metro de varillas amarillas y ha medido el hueco: “Sesenta y ocho y medio, por veinticuatro”. Ha cogido una tabla y, de nuevo con el metro desplegado: “Sesenta y ocho y medio”, ha medido y se ha llevado la mano a la oreja en un acto reflejo, y con el lapicero en la mano ¡ras! ha señalado la medida. Después ha colocado el cartabón y le ha trazado una raya a lo largo, llevándose instintivamente el lapicero tras de la oreja. Ha sujetado la tabla al torno y serrucho en mano se dispone a cortarla.

Rafael es pura energía y puro nervio: ¡Ras ras, ras ras! Con brío y ritmo acompasado, la larga hoja dentada va y viene pasando de un extremo a otro. ¡Ras ras, ras ras! vertiendo, escupiendo serrín a cada lado. ¡Ras ras, ras ras! Dinámica y agresiva, rasgando la madera. ¡Ras. Ras!, hasta cortarla. Deja el serrucho, coge la lima y le remata los cantos. Afloja el usillo del torno, libera la madera y la presenta sobre la trasera del armario: ¡No, un poquito ancha. Hay que cepillarla! Vuelve a sujetarla al torno; coge el cepillo, le ajusta la cuchilla con tiento, ¡tras, tras!, uno o dos golpecitos y dispuesta. ¡R a a a a s!, de una pasada suave, l a r g a, enroscándose la viruta por encima de las manos… ¡R a a a a s!, va desgastando la madera. ¡R a a a s!… Los cuarterones rojizos del solado se van ocultando bajo esta viruta roscada y esta materia orgánica de desecho.

¡Como huele la madera! La carpintería se ha impregnado de un olor fuerte y seco a madera noble recién cortada. Deja el cepillo sobre el banco, vuelve a liberar la tabla de la mordaza… Y ahora sí, a medida, perfectamente acoplada. Coge el martillo y unos clavitos y ¡tras, tras, tras! con unos golpecitos secos, uniformes, va claveteando las pequeñas puntas plateadas a la trasera del armarito. ¡Tras. Tras! Otra cosa reparada. Coge y vuelve a llevarlo al rincón donde la silla, en la estancia de espera, dejando de nuevo el banco liberado para otra tarea.

¿Pero qué trae ahora Rafael? ¡Una ventana! La pone de pie sobre el banco, la abre, la cierra… ¡Ay, son las bisagras que le fallan!, se queda un momento pensando. Se acerca a la puerta, se asoma, mira a la calle: ¡El lapicero en la oreja, el mandil de virutas! La montaña, el árbol, el cielo… Toma un respiro: El aire todo de la calle le cabe a Rafael en el pecho. Es paz, tranquilidad, sosiego lo que respira Rafael en este pueblo. Se acerca un señor en bicicleta: las alforjas cargadas de pimientos y tomates de la huerta; avanza despacio como el tiempo por estos lugares. Se espera a que pase: “¡Buena carga llevas hoy!” “¡Eh, hasta luego Rafael!”, se saludan y se entra de nuevo dispuesto a seguir faenando sobre el banco. Pero salgamos ya de la carpintería, dejemos a Rafael con su trajinar y deambulemos un poco por las calles del pueblo…

Rafael es (era) el carpintero del pueblo, el carpintero de siempre. Su padre Nicolás también era carpintero de toda la vida. Yo siempre he visto a Rafael con sus quehaceres en la carpintería, todos los días, incluso las fiestas tenía algo que hacer. Yo alguna vez me he preguntado si Rafael habrá tenido algún descanso, unas vacaciones lejos del pueblo y de sus herramientas, o si verdaderamente era una holganza y un recreo su trabajo. Dudo incluso que se haya puesto enfermo alguna vez, su carpintería siempre ha estado abierta para todo el mundo, siempre estaba dispuesto para lo que fuese menester. ¡Hay que batallar, hay que hacer algo por la vida –decía–, aquí no hay más remedio que tirar para delante el tiempo que haga falta, no se puede estar parado, si no cómo va a funcionar esto…! Rafael nunca se paró a cuestionar los designios de la vida. Había nacido para esto. ¡Descanse en paz, Rafael!

En cierta ocasión, que veníamos para Madrid, Rafael tenía que hacer unas compras en Almagro y se vino con nosotros. Nos contó, entre otras cosas, porque Rafael nunca se callaba, era un aluvión de palabras, siempre hablaba y hablaba, siempre tenía una palabra más que decir. Nos contaba en aquella ocasión que estaba a punto de jubilarse, pero le preocupaba que no hubiese salido nadie que pudiese reemplazarle y continuara su labor en el pueblo… De esto ha pasado ya toda una década (tampoco ha sido tanto tiempo), y Rafael ha seguido desempeñando su labor como antes, esperando que llegase ese relevo generacional y merecido. Pero no podía ser eterno. ¡Hasta siempre, Rafael!

Rafael era de otro tiempo, de esas rarezas poco usuales: sólidas, nobles, únicas, que él mismo restauraba en su carpintería; de las que ya no se encuentran, de las que van quedando pocas, cada vez menos, y, de las que no admiten compostura. “Habrá que ir pensando en hacer una nueva –decía–, pero nunca se sabe…” Si a alguien en este mundo antojadizo y cambiante, hay que hacerle una mención, Rafael se la tiene merecida. Gracias por la vida ejemplar y generosa que ofreciste a este pueblo.

 

(Publicado en El Lanza el 9 de abril de 2009)